jueves, 19 de abril de 2018

Superman contra el racismo



No hace mucho salió un cómic de Superman (Action Comics #987, septiembre de 2017) que causó la irritación de la alt-right y demás grupos de derechairos subnormales. En él, el Azulote protege a un grupo de inmigrantes de los disparos de un supremacista blanco (el cual tiene todo y una bandera gringa atada en la frente). El sitio criptonazi Breitbart expresó un predecible berrinche tachando a Supes de ser un "Social Justice Warrior" y de que sus acciones son "supersocialismo". 

Aplaudo que mi héroe favorito haga enojar a los retardados morales de la ultraderecha, pero lo cierto es que la situación no es nueva. Superman, desde sus orígenes, ha sido de ideales progresistas. No olvidemos que ya en su primera aparición, Action Comics #1, es presentado como hombre del pueblo y campeón de los oprimidos: defiende a un hombre injustamente condenado a ejecución y a una mujer golpeada por su marido, y combate a una panda de gángsters bravucones y a cabilderos capitalistas que quieren provocar una guerra para vender armas (más ejemplos aquí).

Hoy quiero hablarles de un par de cómics que salieron en la década de los 70. Esos años son poco conocidos para muchos de los lectores que se iniciaron en la época post Crisis en tierras infinitas. Solemos confundir y revolver la época pre-crisis como si todo fueran cosas ñoñas y tontas como éstas:



Pero los 70 fue una década de mucha creatividad e innovación. Los cómics de superhéroes se atrevieron a llegar a nuevos horizontes, preparando el arribo de títulos que cambiarían para siempre la industria en los 80, como The Dark Knight Returns o Watchmen.

Uno de los aspectos más llamativos de aquellas publicaciones es que, al contrario de lo que sucede ahora, cada número presentaba una aventura autocontenida. No era necesaria una maxisaga cósmica que conectara 50 títulos de DC para tener una buena historia. De hecho, cada número era como un buen cuento fantástico en el que Superman se enfrentaba a situaciones muy diversas. En ellas, el Hombre de Acero salía victorioso más por su ingenio que por su fuerza.

El formato era siempre similar. El cómic iniciaba con un panel de página completa a mitad de la acción; un momento impactante y extraño que captaba la atención del lector de inmediato, pues queríamos saber cómo rayos se había llegado a esa situación. Aun así, las historias podían llegar a ser muy creativas, originales y, en el caso de las dos que les traigo hoy, de un compromiso social que las vuelve curiosidades de valor histórico.



El primero que les traigo es Superman #247 (1972), escrito por Elliot Maggin e ilustrado por Curt Swan. En él, nuestro héroe, después de cumplir una misión en el espacio exterior, es interceptado por los Guardianes del Universo (los jefes de los Linternas Verdes), quienes le sugieren que quizá sus acciones protectoras están haciendo a la gente de la Tierra demasiado dependiente de él, y con ello atrasando su desarrollo social. Superman se queda pensando en esto mientras va de regreso a su hogar.

En el camino pasa por California, donde alcanza ver a un capataz blanco golpeando un jovencito mexicano. Rodeado de jornaleros temerosos, el gringo ejerce su despotismo contra el muchacho. Superman interviene y detiene el abuso ante las quejas del gringo. Manuel, el joven mexicano, le explica la situación. Los jornaleros había acordado irse a huelga contra los maltratos que sufrían bajo el patrón, pero a la mera hora, todos se culearon y sólo Manuel protestó, por lo cual recibió todo el castigo.



En este cómic, Superman hace un paralelismo explícito entre su propia historia y la de Manuel: ambos son inmigrantes indocumentados que llegaron a Estados Unidos después de que su padre, moribundo, los enviara a buscar un mejor futuro. Nuestro héroe simpatiza con los trabajadores explotados, pero la advertencia de los Guardianes de la Galaxia resuena en sus oídos.



Kal lo medita y decide que no puede hacer por los braceros aquello que ellos mismos no están dispuestos. Después de salvar a su comunidad de un repentino terremoto, Superman les dice que tienen que tomar su destino en sus propias manos. Necesitan organizarse para defender sus derechos, seguir el ejemplo de Manuel y estar unidos en vez de dejar que el miedo los divida y paralice. Así que sí: en este cómic Superman incita a los trabajadores a irse a huelga.

Es fascinante que en una historia tan breve haya podido plasmar un dilema moral para Supes, retratar una situación social existente y enviar un mensaje sobre organización y solidaridad en la búsqueda de la justicia.



El otro cómic del que les quiero hablar es Lois Lane #106 (1970) con argumento de Robert Kanigher y arte de Werner Roth. Como anuncia el título, está protagonizado por ni más ni menos que Lois Lane. En esta breve aventura, la audaz periodista está decidida a hacer un reportaje sobre los conflictos sociales que se daban en el gueto negro de Metrópolis, llamado la "Pequeña África". 

En un principio Lois piensa que todo va a estar muy guay, que va a entrar a los barrios negros y ser recibida con los brazos abiertos. Pero casi desde que llega se topa con la desconfianza de los vecinos, que se niegan incluso a dirigirle la palabra. Al pasar ante un mítin organizado por un líder local, Lois  escucha las acusaciones del orador contra el racismo de la sociedad americana de su tiempo. Lois cae en la típica queja de los blancos: "ay, por qué dicen eso, si yo no soy racista". #NotAllWhites. La perspectiva de nuestra heroína estaba a punto de cambiar.



Con el objetivo de hacer su reportaje en mente, Lois le pide a Superman que la lleve a la Fortaleza de la Soledad para usar una máquina que permite a las personas cambiar de forma. Su objetivo: ¡volverse negra! Con todo y su pelo rizado y su piel oscura, Lois emerge de la máquina y, con ayuda de Superman, vuelve a Metrópolis y a la Pequeña África para seguir su encomienda.

Pero ahora Lois tiene que enfrentar una realidad diferente. Si en un primer momento lo que más le preocupaba era que su fabuloso atuendo "afro" se estropeara bajo la lluvia, en poco tiempo tuvo que experimentar la actitud suspicaz y despectiva de las personas blancas de su propia ciudad. ¡Incluso de amigos y conocidos suyos! Actividades de la vida cotidiana, como pedir un taxi o viajar en metro, que Lois daba por sentadas, ahora se vuelven incómodas o de plano imposibles.  O sea, éste es el cómic en el que Lois Lane reconoce su privilegio de raza.




Al llegar al gueto, Lois conoce la situación en la que viven muchos vecinos: pobreza, inseguridad, violencia. Gángster tratando de reclutar a jóvenes. En un altercado, un joven llamado Dave Stevens (el mismo del mítin) es baleado por los criminales. Superman llega al rescate y lleva al joven al hospital, pero éste ha perdido mucha sangre. Sin pensarlo, Lois se ofrece la suya para la necesaria transfusión. Porque la sangre de todos los seres humanos es del mismo color.

Concluye con una renovada confianza y amistad entre Lois y Dave. Todo muy bonito, pero no hay que perder de vista que el racismo es un problema sistémico, y que un cambio de actitud personal es un buen inicio, pero nunca es suficiente.

En efecto, vistos con los estándares de ahora, estos cómics escritos hace más de 40 años no dejan de tener sus problemas. Son optimistas en exceso y el retrato que hacen de los asuntos sociales es simplista; además, en su intento de simpatizar con grupos oprimidos no se libran de tener una perspectiva condescendiente y que en última instancia perpetúa ciertos prejuicios. Después de todo, estas historias fueron escritas por hombres blancos cuya realidad distaba mucho de la que estaban tratando de representar.



Con todo, no podemos dejar de reconocer el compromiso de este par de obras por visibilizar los problemas de la población afroamericana y de los inmigrantes hispanos en la década de los 70, y por llevar estos temas a un medio normalmente escapista. Se trata de un esfuerzo honesto por tender puentes, promover la empatía y el entendimiento, y abogar por la hermandad de todos los seres humanos. A pesar de sus fallos, este par de cómics envían poderosos mensajes: las actitudes discriminatorias no son solo cosa de "los malos", sino que cualquier persona puede tenerlas, y que uno no puede andar opinando sobre la situación de los demás si antes no hace un esfuerzo y ejercitar la empatía para ponerse en su lugar.

En estos tiempos en los que los racistas y los xenófobos andan muy descarados, algunas obras de la cultura pop han destacado por su compromiso con la diversidad. En el caso de Superman, ese compromiso ha sido, salvo ciertos momentos en épocas reaccionarias, una constante, una parte esencial del personaje, lo que lo define como el héroe, ejemplo a seguir y encarnación de lo mejor que habita en el espíritu humano. Ahora que celebramos los 80 años del Hombre de Acero, quise homenajearlo por ello.



PD: Estos cómics fueron publicados en México por Editorial Vid en 2001, como parte de una compilación titulada Superman en los Setentas

jueves, 12 de abril de 2018

READY PLAYER ONE o la celebración nostálgica de la distopía




La trama es sencillísima. Hay un mundo de realidad virtual llamado Oasis, tan popular que casi todas las personas que se lo pueden permitir tienen una segunda vida en él. El multimillonario que creó este hipervideojuego murió y dejó un premio escondido en algún sitio del Oasis; quien lo encuentre se convertirá en el dueño. Hay una corporación malvada que quiere adueñarse del Oasis y para ello juega sucio; y hay un chico como cualquier otro que, con su panda de amigos frikis, quiere impedir que esos villanos se hagan con el premio. Ah, y un titipuchal de referencias a la cultura pop del último medio siglo, pero sobre todo a la década de los 80.

Advierto que nunca he leído la novela en la que se basa, pero sí me eché algunas críticas muy poco halagüeñas, que la consideran una especie de Crepúsculo, pero para ñoños acomplejados en vez de quinceañeras insulsas. La crítica más común es que el autor, Ernest Cline, se dedica a echar referencias a cosas geek y nostálgicas durante páginas enteras, como recurso barato para satisfacer a sus nerdescos lectores. Fuera de eso se trataría de una fantasía más en la que un chico blanco mediocre se topa con la misión de salvar al mundo, en la que personajes mucho más competentes que el protagonista hacen de todo para que él pueda lucirse y al final ganar fama, fortuna y una chica sexy.



Entonces, ¿qué tal está la película? Quería verla porque está dirigida ni más ni menos que por Steven Spielberg, uno de los principales creadores de la cultura pop con la que crecimos y a la que el film homenajea. No me decepcionó por ese lado; se diga lo que se diga de la cursilería de S.S. y su filosofía simplista, el señor sabe cómo hacer una película. Sus dinámicos planos secuencia y su estupenda composición de cuadro se suman a una excelente animación por computadora y un hermoso diseño visual.

Pues sí, soy un ñoño nacido en los ochenta, y sí disfruté la película y sus referencias mientras la estaba viendo. En particular me gustó la parte de la carrera y la incursión al hotel de El Resplandor. Pero una vez que me puse a pensarla me di cuenta de que no resiste mucho a una reflexión crítica. Después de todo, si le quitamos las referencias a la cultura pop y la magistral dirección de sensei Spielberg, ¿qué nos queda? Una historia del tipo “tenemos que encontrar el título de propiedad para que no demuelan la granja del abuelo y construyan un centro comercial”, de ésas hechas para la tele que pasan tarde por la noche en los canales para niños.

No quiero ser excesivamente duro con una película que como aventura palomera para chavitos puede funcionar muy bien. Algunas de las películas que fueron mis favoritas de quinceañero, como The Matrix y Gladiador, están llenas de lugares comunes, pero como a esas alturas no sabía nada de la vida, me parecieron alucinantes. Los chavales de ahora tienen derecho a disfrutar de las emociones que la cultura pop de su tiempo tenga que ofrecerles, sin que los chavorrucos se lo queramos arruinar con “meh, en mis tiempos hubo otras iguales que eran mejores”.



Pero es que hay un problema. Esta peli me indica que su público meta no son sólo los chamacos que la verán ahora con ojos ingenuos y soñadores. Son los mismos chavorrucos a los que apelarán todas esas referencias a la cultura pop ochentera. Gente en sus veintes, treintas y hasta cuarentas. Me preocupa que el éxito de Ready Player One entre Genxers y Millennials sea un signo de nuestra proverbial incapacidad para madurar y dejar atrás nuestra infancia. No estamos ya para que nos apantallen con esto.

La cinta es la celebración de una cultura pop a la que creemos especial porque es aquella con la que crecimos. Es como una visita al baúl de los recuerdos, pero no intenta deconstruir, analizar o siquiera crear algo nuevo a partir de lo ya existente (a diferencia de, por ejemplo, Stranger Things). Sí, es una película muy divertida y emocionante, y si la hubiera visto hace 15, o incluso hace 10 años, me habría fascinado. Pero aparece en un momento en el que los recursos de los que echa mano ya se sienten sobreexplotados. ¡Llevamos tantosaños sumergidos en la nostalgia de nuestra infancia que ya parece que ésta nunca se fue!

Pero lo que más me causa resquemor de Ready Player One es que también es la celebración de una distopía. Al principio (hay mucha exposición en voz en off en los primeros minutos) se nos dice que el mundo básicamente se había ido al caño y que por eso la gente se refugiaba en el Oasis. ¿Acaso no es ése un típico escenario de distopía? ¡Pero nunca se vuelve a abordar ese tema! Nuestros héroes no tratan de cambiar esa realidad; ni siquiera la lamentan mucho.

La lucha por conseguir el control del Oasis implica evitar que los villanos se apropien del que es el negocio más poderoso y lucrativo del mundo. Es decir, la película plantea que el peligro está en que los malvados tomen el poder y la solución es que los buenos lo hagan. Nunca se plantea que esa estructura de poder no debería existir. Que un medio de entretenimiento no debería conferirle tanto poder a quien lo controle, que el futuro de todos no debería depender de un estúpido juego y el nivel de erudición en cultura pop de los jugadores.



Al final… ¡ups, spoilers! Al final, nuestro “héroe”, Wade, obtiene la recompensa, como era de esperarse. ¿Y qué hace él? Se hace rico, famoso y tiene novia. Pasa de ser un loser a ser un triunfador. Pero ¿y los demás? Hace por ellos prácticamente nada. Lo verdaderamente heroico habría sido apagar el Oasis o, en su defecto, entregarlo a la comunidad para que dejara de ser una propiedad privada que dependiera de la “bonditud” de su dueño para funcionar.

Los villanos tienen un sistema esclavitud por deudas, pero nuestros héroes no lo destruyen ni lo prohíben; Wade sólo hace que deje de ser redituable para que lo cierren. Tampoco hace nada por su barrio pobre. O por los problemas que afectan al mundo. Nada. Si nuestro héroe individualista ha logrado el triunfo para él y sus mejores amigos, que se joda el resto. Lo más que hace es cerrar el Oasis dos días a la semana para que la gente salga a vivir la realidad un poco. No demasiado.

Ready Player One, después de un rato de diversión, me dejó cansado. Cansado de la nostalgia, de los mundos virtuales en los que desperdiciamos la vida y de la cultura geek autorreferencial y masturbatoria. No sé ustedes, pero si una película nos plantea un futuro en el que viviremos atrapados en nuestra propia cultura pop sin jamás avanzar ni movernos hacia ningún lado, y el público dice “wow, qué cool, desearía eso”, en vez de verlo como la distopía que es… Bueno, me parece distópico.

Publicado originalmente en Voz Abierta

jueves, 5 de abril de 2018

La trampa de la Neostalgia




Fue el amigo de un amigo de quien escuché por primera vez esa palabra cuando hablábamos de las viejas series animadas que solíamos ver en nuestra infancia (los 80 y la primera mitad de los 90). Según me explicó, la palabra describía el sentimiento de nostalgia que a menudo invadía a los jóvenes de nuestra generación (en ese entonces estábamos en nuestros tempranos veintes), un fenómeno extraño dado que la nostalgia era más común en los ancianos, para quienes el mundo de su juventud había desaparecido.

Según el Urban Dictionary, el término significaría una mezcla entre nostalgia y novedad, una emoción más positiva que la de la simple añoranza, ya que involucra un redescubrimiento y un disfrute renovado de aquello que formó parte del pasado.

¿Son los Millennials una generación particularmente nostálgica? Hoy en día la neostalgia está por todas partes. Hay blogs, canales de Youtube y sitios de Internet dedicados específicamente a recordar productos de la cultura pop que parecen muy remotos, pero que en realidad tendrán unas dos décadas de antigüedad. A su vez Hollywood echa mano de productos culturales de nuestra infancia para capitalizar con nuestros recuerdos. Yo mismo he escrito extensamente sobre “cómo era antes” hablando de series animadas, cómics, canales de televisión, computadoras e Internet, videojuegos, juguetes y más.

Nada nuevo hay bajo el sol, se dice. Siempre ha habido un afán por “recordar los buenos tiempos”. Hay en nuestra psique una tendencia natural, un sesgo cognitivo llamado “paraíso perdido” que nos lleva a idealizar el pasado. Después de todo, cuando éramos niños nuestras vidas eran más sencillas y teníamos menos problemas, por lo que asumimos que la vida era mejor, a la vez que filtramos y excluimos cualquier aspecto negativo de esa idealizada edad de oro. Cada generación se rebela contra la anterior e idealiza no sólo su propia infancia, sino el pasado que nunca conoció.



Así, la nostalgia Millennial va más allá de la propia niñez. Podemos verlo en una necesidad de regresar hacia décadas que ni nos tocaron vivir. Esto se manifiesta en un descubrimiento de lo retro y lo vintage, una fascinación hacia la estética de las cosas de antaño, pero no precisamente antigüedades valiosas o las obras de arte, sino aparatos de tecnología caduca, ornamentos pasados de moda, afiches publicitarios de productos extintos, parafernalia de cultura pop olvidada, etcétera. Sin embargo, creo que hay algunos factores que hacen de la neostalgia Millennial algo muy particular.

He visto criterios muy poco consistentes para clasificar a los jóvenes como Millennials. Algunos los circunscriben a los nacidos entre 1980 y 2000, algo que me parece difícil de tragar, porque la experiencia de vida de dos personas que se llevan 20 años de diferencia no puede ser igual. Otros dicen que entre 1985 y 1995, lo cual podría tener más sentido, pero que nos deja fuera a los nacidos entre el 80 y el 84, que definitivamente tampoco somos Generación X. A alguien se le ocurrió que estos últimos nos deben llamar Xennials. Además, ni de lejos todos tenemos las características que el estereotipo nos atribuye. Como siempre, los intentos de delimitar fracasan tratándose de la complejidad de los asuntos humanos. Pero for argument’s sake, retomemos la clasificación más amplia y hagamos de cuenta que todos los Millennials somos hipsters veganos con tatuajes y tendencias bisexuales.

Parece que hay generaciones que son vanguardistas y otras que son nostálgicas, y los Millennials somos como una mezcla rara de ambas. Por un lado somos la generación más progresista y liberal de la historia frente a temas polémicos como la sexualidad, la diversidad de identidades, las relaciones de poder y las desigualdades sociales. Por otro, buscamos en el pasado símbolos y referentes.

Para ninguna generación anterior la cultura pop había sido tan importante. Los mitos, íconos, arquetipos, narrativas y referentes provenientes de ella forman parte de nuestro imaginario colectivo como nunca fue para nuestros mayores. Generaciones anteriores tenían mitología y clásicos literarios. Nosotros tenemos las caricaturas con las que crecimos.


Esto tenemos en común con la Generación Z, la más joven. Pero hay algo fundamental que nos diferencia: el ritmo al que las cosas han cambiado para nosotros fue mucho más vertiginoso. En nuestras tres o menos décadas de vida vivimos la evolución de los videojuegos desde el primer Nintendo hasta las complejas obras de arte que son ahora; vivimos la transición de los discos de acetato a los CDs, a los mp3 y a las playlists de Youtube y Spotify; vimos las redes sociales crecer desde el mIRC hasta Tinder y Snapchat; conocimos la experiencia del cine y los videoclubes, de la tele local, pasamos por la llegada del cable y ahora estamos viendo películas y series a través de Internet, ya sea de forma legal o pirata. No creo que a los Z les toque ver cambios como pasar la infancia antes de Internet y la adolescencia durante el ascenso de Internet.

Por eso experimentamos la nostalgia de diferente manera. De haberlo querido, alguien del pasado podría volver a los cuentos de hadas que leía en su infancia o ver cómo sus hijos se entretenían más o menos con las mismas diversiones. Generación tras generación, muchos crecieron leyendo Caperucita Roja y jugando a las escondidas. Pero sólo nosotros crecimos viendo Patoaventuras y jugando Super Mario Bros.

Cuando estaba en secundaria ya añoraba los programas de televisión que pasaban cuando era niño y que para entonces se habían dejado de transmitir. Me sacó de onda cuando, muchos años después, supe que mis alumnos de secundaria y prepa también recordaban con nostalgia las caricaturas que ellos veían de niños. Pero también para los más jóvenes es diferente. Ellos podrán sentir tanta nostalgia como nosotros, pero ya tienen a su alcance toda la biblioteca universal de Google para volver a ver Clifford el Gran Perro Rojo, escuchar las canciones que estaban de moda cuando fueron a su primer fiesta de XV años, o jugar el videojuego que les gustaba en la primaria. Dado que ellos nacieron con la Web 2.0 a su disposición, y usarla les vino más natural que leer y escribir, siempre han tenido la oportunidad de volver a visitar aquellos productos de la cultura pop con los que crecieron.

En cambio, durante toda mi adolescencia –entre la segunda mitad de los 90 y la primera mitad de los dosmiles- era prácticamente imposible volver a la cultura pop de mi infancia. Las series de TV se habían dejado de transmitir, la música ya no estaba en la radio, los videojuegos y los cómics viejos sólo sobrevivían en manos de quienes los habían guardado celosamente desde un principio. Sí, ahora podemos volver a todo ello, pero durante una década más o menos lo creímos perdido. Como se dice, la nostalgia ya no es lo que era.



Pero vámonos con otro factor de esencial importancia: los Millennials somos la generación a la que más ha costado hacer la transición a la vida adulta. A los 25 años mi padre ya era un adulto capaz de mantenerse a sí mismo, a su esposa y a su primera hija por venir. En algunos años más podría comprar una casa propia y un par de automóviles. Para nosotros, la situación económica del mundo ha hecho el prospecto de la independencia algo intimidante, cuando no del todo imposible. Los salarios son bajos, los costos de vida son muy altos. Al igual que muchos de mi generación tuve una educación académica privilegiada que superó por mucho la de mis viejos, pero el mercado laboral es mucho más difícil. Somos la primera generación en décadas que no puede aspirar a tener un futuro mejor que el de sus padres. Irónicamente, a la vez se nos educó para ser menos conformistas y “seguir nuestros sueños”.

El ritual de paso a la vida adulta, que podía ser la graduación universitaria, la boda, o el irse de la casa paterna, que fuera inequívoco y contundente para la generación anterior, es para nosotros motivo de ansiedad y confusión. Para nuestros mayores el paso a la adultez podía ser duro, pero estaba claro; la generación siguiente aun está estudiando y no ha tenido que enfrentarse a ello. Nosotros en cambio tenemos el estigma de ser un fracaso como adultos, en un mundo hostil y ante un futuro incierto. ¿Cómo no volcarnos hacia la seguridad del pasado?

La fuerza emotiva de la neostalgia en los Millennials ha sido notada por los creadores de contenidos. El meme de Robin Williams en Jumanji (que también ha sufrido un refrito) gritando “¿Qué año es éste?” lo manifiesta muy bien cuando vemos películas como La Bella y la Bestia y Power Rangers en cartelera. El reciclaje de la nostalgia se convierte en un burdo acto masturbatorio que proporciona entretenimiento perezoso al público y dinero fácil a los productores. Nos inundamos de refritos, secuelas y adaptaciones de la cultura pop de los 80 y 90, y renunciamos a crear o fomentar la creación de contenidos originales.

Pero la nostalgia no necesariamente implica decadencia cultural. ¿No era acaso la nostalgia por el pasado grecolatino una de las principales fuerzas del Renacimiento? ¿Y no era la nostalgia por una Edad Media idealizada uno de los componentes centrales del Romanticismo? La reinterpretación y resignificación de la cultura pop nostálgica puede dar también lugar a productos de alta calidad, desde cómics como Planetary hasta series de TV como Stranger Things.



Para mí la consciencia de mi condición de chico neostálgico inició en la secundaria cuando me vi con mis primos y amigos añorando los programas de televisión de mi infancia, sobre todo las series animadas. No lo sabía, pero a nosotros nos tocó algo que después sería llamado Animation Reinassance, un boom de la animación occidental tanto en la pantalla grande como en la chica, que se manifestó en la cantidad y calidad de sus contenidos. Dicha era dorada inició a principios de los 80 y terminó a mediados de los 90, justo cuando pasábamos a la adolescencia.

Disney se aventaba obras maestras desde La Sirenita hasta El Rey León, para alcanzar los altos estándares que Don Bluth, en la década anterior, había sentado con obras como La tierra antes del tiempo o Un cuento americano. En la televisión pudimos ver cómo Thundercats o Los Verdaderos Cazafantasmas sentaban las bases de una gran calidad en contenidos, que alcanzaría su pináculo con Batman: la Serie Animada. Así que sí, no es sólo idea nuestra: las series animadas con las que crecimos eran algo especial y su calidad no sería alcanzada sino hasta esta Nueva Edad Dorada de la televisión que se dice que vivimos.

Esto es sólo un ejemplo del bagaje cultural pop tan rico y sui generis con el que crecimos  los Millennials. Qué haremos con él es otra cuestión. Podemos quedarnos regodeándonos en nuestra incapacidad de superar el pasado, dejar que nos manipulen con  refritos y pastiches de lo mismo hasta que alguna generación futura empiece a crear los nuevos mitos pop que serán parte de “los buenos viejos tiempos” de alguien más. O podemos tomar ese legado que tenemos para analizar y construir cosas nuevas, y entendernos mejor a nosotros mismos.





Publicado originalmente en Memorias de Nómada

jueves, 29 de marzo de 2018

Los talibanes de América. Parte II




En mi entrada anterior hice un breve esbozo de la historia del evangelismo en los Estados Unidos, de su evolución desde ser un movimiento espiritual que buscaba aliviar el sufrimiento de las personas en la tierra, a uno que se fue caracterizando por posturas retrógradas y un coqueteo peligroso con el poder. Ahora pasemos a hablar de estos talibanes en nuestras tierras, nuestra América Latina.

En nuestro continente la institución religiosa con más poder e influencia ha sido durante siglos la Iglesia Católica, sobre todo gracias al celo de la monarquía española. Al mismo tiempo que Lutero estaba rompiendo el poderío del Vaticano en Europa, España se convertía en el gran bastión del catolicismo y estaba dispuesta a hacer lo mismo de las nuevas tierras que conquistaba a sangre y fuego. Cuando en el siglo XIX nos sacudimos el yugo de España, todavía no nos quitamos el de Roma.

Sin embargo, desde finales del siglo XX, las religiones protestantes han ido creciendo en número de adeptos, como The Economist ha reportado: desde la década de los 70 han pasado de ser aproximadamente el 8% de la población a ser alrededor del 20%, y en países de Centroamérica han llegado al 40%. Esto ha resultado en una fragmentación del monopolio católico sobre la fe de los latinoamericanos.

América Latina está experimentando actualmente el mismo proceso regresivo que el resto del mundo, un giro hacia la derecha populista y autoritaria, producto de una desconfianza hacia las instituciones políticas tradicionales (sobre todo los partidos). Esto es en gran parte una reacción a la crisis económica y la profundización de la desigualdad en las últimas décadas. Pero también, en el caso particular de AL, a los experimentos fallidos de la izquierda, que han terminado en escándalos de corrupción o de plano desastres absolutos como en Venezuela. Las democracias latinoamericanas son especialmente frágiles, principalmente porque para empezar nunca han sido plenas.



¿Qué tiene que ver el avance de las iglesias evangélicas con todo esto? No se les debe confundir con la derecha fascistoide y los neonazis, pero parte central del discurso que los evangélicos han impulsado, basado en la intolerancia contra ciertos grupos, es compartido por aquéllos. 

El mismo proceso que hemos visto en Estados Unidos se repite en América Latina, con las élites de las iglesias evangélicas formando alianzas con las clases poderosas. En un ambiente de desencanto con la realidad política y la fragmentación social producto de décadas de individualismo salvaje, la fe religiosa puede actuar tanto como respuesta a quienes están en busca de una identidad como para quienes requieren de una estructura ideológica bien definida que se traduzca en acción política. 

Algunos credos, reporta El Confidencial recogen el temor económico de los feligreses para transformarlos en promesas de prosperidad:

“En el giro conservador en América Latina, el neopentecostalismo es un factor importante, porque sus iglesias son corrientes de masa que recogen el sufrimiento de la población que no tiene salidas económicas. ‘Coge este coche, esta moto, este camión y colócalo en el altar. Sacrifícalo y, en breve, tendrás dinero para comprarte un Lamborghini. Si no quieres un Lamborghini, tendrás dinero para comprar lo que quieras’. En el pomposo Templo de Salomão de São Paulo, Rogério Formigoni, pastor evangélico de la Iglesia Universal del Reino de Deus, pide a sus fieles que donen su vehículo y vuelvan a casa a pie.”



De nuevo The Economist nos dice que:

“Los protestantes evangélicos son una fuerza emergente en muchos países, a la vez que ‘guerras culturales’ abren nuevos campos de batalla políticos. Esto aplica a Brasil, Guatemala y Perú, y es mal presagio para los derechos de las mujeres y los gays. La fragmentación política está creciendo, especialmente en Brasil y Colombia. Los viejos partidos se han convertido en cascarones vacíos, pero en muchos países aun no han sido reemplazados.”
Como ya habíamos visto en el caso de Estados Unidos, en tiempos pretéritos las iglesias evangélicas se mantenían al margen de la política mientras los partidos conservadores buscaban alianzas con el catolicismo. Pero hubo un punto en que los evangélicos decidieron romper ese aislamiento y entrar de lleno a la política, ya fuera aliado con los partidos derechistas existentes, o creando sus propias plataformas. Javier Corrales en el New York Times nos lo explica:

“Las iglesias evangélicas protestantes, que por estos días se encuentran en casi cualquier vecindario en América Latina, están transformando la política como ninguna otra fuerza. Le están dando a las causas conservadoras —en especial a los partidos políticos— un nuevo impulso y nuevos votantes.
El ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina, está siendo reinventada por los pastores protestantes.”
La fórmula del éxito es la ya probada en Gringolandia: las iglesias evangélicas traen los votos de sus feligreses; los políticos les ofrecen impulsar políticas que vayan de acuerdo con sus valores conservadores. Los políticos y los pastores obtienen puestos, poder, influencia y dinero. Los feligreses no obtienen nada, excepto que les aseguran que nuevas corrientes de pensamiento, los fantasmas del “marxismo cultural” y la “ideología de género” no van a destruir sus vidas porque hombres fuertes van a protegerlos. ¿De qué otra manera conseguirían que personas de clases muy jodidas votasen por partidos y candidatos que ofrecen políticas económicas que terminarán perjudicándolos a ellos? El opio del pueblo, señoras y señores.



Algo importante hay que recordar: las élites latinoamericanas fueron siempre cercanas a la Iglesia Católica. Las iglesias protestantes iniciaron como underdogs, movimientos minoritarios cuya feligresía se compuso principalmente por gente de clase trabajadora. Es precisamente ese sector de la población, que había sido olvidado y ninguneado por las élites, el que constituye la fuerza política del movimiento evangélico. Del mismo artículo del New York Times:

“Los grupos evangélicos están resolviendo la desventaja política más importante que los partidos de derecha tienen en América Latina: su falta de arrastre entre los votantes que no pertenecen a las élites. Tal como señaló el politólogo Ed Gibson, los partidos de derecha obtenían su electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles electoralmente.
Los evangélicos están cambiando ese escenario. Están consiguiendo votantes entre gente de todas las clases sociales, pero principalmente entre los menos favorecidos. Están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del pueblo.”
Tanto el catolicismo como el evangelismo son denominaciones que incluyen a un número amplio de personas, con muy distintas posturas en el espectro ideológico, por lo cual no se puede generalizar sin caer en injusticias. Aquí estamos hablando de aquellos sectores más férreamente conservadores y en especial de sus dirigencias y jerarcas, los que están dispuestos a envenenar las germinales democracias latinoamericanas y a ir contra los valores de la modernidad y los derechos humanos básicos.

Si el catolicismo y el evangelismo habían sido rivales, pueden concertar alianzas cuando se trata de temas que les competen, en especial la paranoia sobre el feminismo y la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ, a los que meten en esa etiqueta quimérica llamada por ellos “ideología de género” (básicamente, cualquier postura progresista respecto a la sexualidad y el género).



En México podemos ver esta alianza en la conformación del Frente Nacional por la Familia, un movimiento político que se opone al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la adopción por parte de parejas homosexuales, así como al aborto y a la educación sexual.

Como nos explica Antonio Salgado Borge:

“En los hechos, el FNF, organización integrada por muchos católicos, se ha distanciado cada vez más de la mayoría de católicos mexicanos que rechazan la discriminación o están a favor de una educación seria que incluya todos los temas que permitan el desarrollo intelectual de un ser humano. Para ser claros, son cada vez menos quienes suscriben este tipo de ideas y están dispuestos a marchar por ellas.
En esta ocasión, el contingente del FNF, todavía más reducido que en ocasiones anteriores, estuvo reforzado por personas afines a redes de iglesias en Latinoamérica que The Economist ha identificado como un peligro para los derechos y para la democracia en el continente.”
Por ello resulta preocupante para cualquier progresista mexicano la alianza entre Morena de Andrés Manuel López Obrador, que se supone de izquierda, con el partido más derechista del país, el Partido Encuentro Social, cuyas propuestas son contrarias al estado laico:

“i) El derecho humano a ser definido por su naturaleza y no por la cultura; ii) el reconocimiento del matrimonio como una institución fundamental de carácter social definida original, etimológica y naturalmente como la unión entre un hombre y una mujer para salvaguardar la perpetuidad de la especie humana; iii) el derecho de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos conforme a sus convicciones éticas, de conciencia y de religión; iv) prohibir, con base en la laicidad del Estado, que la educación obligatoria desvirtúe la idea de matrimonio propuesta, y v) la obligación de proteger la vida desde la fecundación hasta el término de su ciclo natural.”
Si la alianza entre el derechista PAN con el izquierdista PRD se antojaba un descaro que ponía en evidencia la falta de congruencia ideológica entre ambos (los cascarones vacíos antes mencionados), la que se da entre el PES y Morena parece una aberración. Esto es, hasta que uno toma en cuenta que Amlo mismo es cristiano protestante.



El fenómeno de grupos evangélicos que apoyan el ascenso de la derecha populista se extiende por toda América Latina. En Brasil, por ejemplo, la bancada evangélica, compuesta por más de 90 miembros, tuvo un papel importante en la destitución de Dilma Rousseff. Recientemente, en Rio de Janeiro, fue electo un político evangélico y otros quieren seguir sus pasos. Éste es un país en el que los crímenes de odio contra los homosexuales han venido en aumento.

Sin embargo, el “Trump brasileiro” no es evangélico, sino católico, pero sus posturas son muy similares a las de los ultraderechistas protestantes. Se trata de Jair Bolsonaro, quien dedicó su voto a favor del impeachment a la memoria de un general de la dictadura, un infame torturador. El currículo de Bolsonaro es resumido en este artículo de El Universal: ex militar, defensor de la tortura y la pena de muerte, abiertamente racista, misógino y homofóbico. Claro, es un enemigo del estado laico que piensa que la política debe estar guiada por Dios. Se perfila como candidato para las elecciones de 2019 y es el segundo más popular.



En Colombia, con lemas como “Jesucristo es el único que puede traer la paz que tanto anhelamos”, los evangélicos (y también muchos católicos) hicieron campaña en contra del acuerdo de paz con las FARC, difundiendo absurdas noticias falsas acerca de cómo el acuerdo implicaba también permitir que los menores de edad se cambiaran de género sin permiso de sus padres (bulo que el FNF difundió también en México).

Colombia es uno de los países en los que más han crecido las iglesias evangélicas, a costa del catolicismo, cuya participación directa en la arena política había sido más discreta. Los pastores evangélicos no temen alzar la voz en materia de política, y en el caso de Colombia no faltaron los que abiertamente se pronunciaron en contra de Hillary Clinton (y, por ende, a favor de Trump). Aunque la elección estadounidense se trataba de un asunto ajeno a la política colombiana, tales expresiones dan cuenta de las simpatías de estos grupos religiosos.



En Costa Rica Fabricio Alvarado, un pastor evangélico, fue candidato a la presidencia del país; estuvo muy cerca de ganar las elecciones presidenciales en abril de 2018, tras pasar a segunda vuelta (al final fue derrotado). Alvarado, abanderado del partido Restauración Nacional, recibió un enorme impulso cuando la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos emitió un dictamen en favor del matrimonio igualitario en el país centroamericano.

Alvarado construyó su campaña en torno a la “defensa de la familia”; prometió revindicar los valores tradicionales de Costa Rica frente a las injerencias modernizadoras el organismo internacional, que impone con la “ideología de género” ideas “contrarias a la naturaleza humana”. Alvarado llegó hasta el punto de amenazar con retirar a Costa Rica de la CIDH. Su influencia entre el electorado de clase baja y poco acceso a la educación ha sido enorme.

En Perú el movimiento “Con mis hijos no te metas” llevó a la dimisión de una ministra de educación y a la reforma en la educación sexual que estaba tratando de implementar. Algo similar sucedió en Colombia.



Básicamente, la forma en la que estos grupos ultraconservadores obtienen votos para los partidos de derecha es agitando frente a sus feligreses el fantasma de la “ideología de género”; los aterrorizan con historias exageradas o falsas sobre el infierno que sobrevendría si se deja que el feminismo o la lucha pro LGBTQ gana terreno. El fenómeno ha sido recogido también por The Economist:

“Detrás de estos eventos yace una larga campaña por los conservadores en la Iglesia Católica contra el feminismo, desencadenada por la Convención de la ONU contra la Discriminación, de 1979. Esta campaña se ha extendido y ganado energía por la oposición al matrimonio gay y otros derechos, una causa que apela tanto a protestantes evangélicos como a católicos. ‘Esta gente trata de establecer un pánico moral y la idea de que la familia se está disolviendo, lo cual no tiene bases factuales’, dice Maxine Molyneux, socióloga de América Latina en el University College de Londres.”

Esa misma conspiranoia alimenta las fantasías de la derecha filonazi, que por el momento es marginal en América Latina (a diferencia de Europa y Estados Unidos, donde viene creciendo recio). De nuevo, no podemos llamar nazis a los evangélicos y católicos ultraconservadores, pero al legitimar el discurso de odio contra las personas LGTBQ y fomentar los temores paranoides sobre un apocalipsis social provocado por la “ideología de género”, tienen cierta responsabilidad al envalentonar a los sectores más radicales, que parten de esos mismos choros. 

No olvidemos que en la Marcha por la Familia, organizada por el FNF, los neonazis mexicanos hicieron su aparición. Ya comparten algunas las mismas causas y, ultimadamente, lo más probable es que, como sucedió en Estados Unidos con Trump, neonazis y fundamentalistas religiosos en América Latina terminen dando su respaldo a los mismos políticos.




Los no creyentes como yo tenemos motivos obvios para estar alarmados. Pero los creyentes moderados también deberían estarlo. En América Latina se presenta de nuevo el dilema del que el conservador Eric Sapp habló en The Christian Post: la búsqueda del poder por parte de los cristianos, católicos o evangélicos, es un pacto con el diablo.

Sí, obtendrán el respaldo político para reprimir a los homosexuales y a las feministas, pero ¿a cambio de qué? De otorgar el poder a políticos corruptos, autoritarios que erosionen la democracia, envalentonen a los grupos de odio más radicales y reviertan el avance a los derechos humanos. ¿Es de verdad tan importante la lucha contra la “ideología de género” que vale la pena dejar de lado la búsqueda de la paz, el alivio del sufrimiento terrenal, el combate a la pobreza, o el acceso a los servicios básicos?

Fui educado como católico y fui creyente hasta mis veintitantos. Aunque ahora ya no tengo creencias religiosas, conozco bien los Evangelios y otras partes de la Biblia (mejor que muchos creyentes, por lo que he visto). Recuerdo que en mi adolescencia leí con emoción las palabras de Jesús sobre amor universal, compasión por los débiles, reparto de los bienes entre los necesitados, perdón a los pecadores y aquello de “benditos los que tienen sed de justicia, porque será satisfecha”. No me parece que el mensaje de Cristo tenga algo que ver con tomar el poder por cualquier medio posible para convertirse en represores de los demás. ¿De verdad es ésa la lucha que quieren hacer en nombre de su fe?

"“Otra vez le llevó el Diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adoraras.” Mateo, 4: 8-9


FIN

jueves, 22 de marzo de 2018

Los talibanes de América. Parte I




El nombre puede parecer algo hiperbólico, lo admito. Nadie en América está implantando un régimen opresivo y fundamentalista remotamente comparable a lo que tuvieron los talibanes en Afganistán. Pero el mote no es mío; “American Taliban” es un concepto que ha estado circulando desde hace algunos de años para referirse al sector más reaccionario de la derecha religiosa en Estados Unidos.

Sucede que si bien estos fundamentalistas cristianos no tienen el poder de los talibanes islámicos, sí que tienen una mentalidad muy parecida y sospecho que, de tener la oportunidad, llevarían a nuestras sociedades de regreso a tiempos oscurantistas. De hecho, de lo que hablaremos precisamente será del papel de estas corrientes religiosas en el ascenso de la ultraderecha en el mundo, en este Invierno Fascista que estamos viviendo.

Digo “nuestras sociedades” porque, ya que no soy gringo, cuando digo América me refiero a nuestro continente, norte, centro y sur, latina y anglosajona, y no a uno solo de sus países. Así, aunque primero va una introducción sobre cómo está la cosa en ‘Murica, cuna de estos movimientos reaccionarios, en una segunda entrada nos pasearemos por México y otros países de Latinoamérica para echar un vistazo.

Mientras en América Latina la denominación cristiana más poderosa ha sido históricamente la Iglesia Católica, en Estados Unidos lo han sido las congregaciones evangélicas. Según nos informa Wikipedia, a diferencia del catolicismo, el cristianismo evangélico no se trata de una sola religión organizada con una jerarquía definida y una ortodoxia centralizada. En realidad se trata de un movimiento amplio que incluye a iglesias de diferentes denominaciones, o sin denominación específica, con algunos rasgos en común, tales como una creencia en la literalidad e infalibilidad de la Biblia, la necesidad de la salvación a través de la fe y la gracia de Cristo, la importancia de la experiencia de “volver a nacer” y la misión de extender la Palabra de Dios.



El movimiento nació en el siglo XVIII en el mundo anglosajón y agarró fuerte en los Estados Unidos. En un esclarecedor artículo en The Atlantic, Michael Gerson nos cuenta que en los siglos XVIII y XIX el evangelismo se convirtió en el más importante movimiento cultural de los Estados Unidos. Le dio identidad y unidad a la nueva nación e impulsó la creación de escuelas y universidades. Fue durante muchos años un movimiento reformista, que creía en la misión de hacer mejor la vida para las personas en la tierra. Guiado por la compasión y el amor universal profesado por Cristo, los evangélicos hicieron campaña por la abolición de la esclavitud, la reforma carcelaria y la justicia social.

Pero en algún momento, nos cuenta Gerson, el movimiento evangélico perdió el rumbo. A principios del siglo XX se había convertido en un mal chiste. ¿Qué fue lo que pasó? El desarrollo de la ciencia evolutiva a partir del trabajo de Charles Darwin, y de los estudios históricos de la Antigüedad, hicieron imposible para toda persona educada tomar en serio la literalidad de la Biblia. El movimiento fue perdiendo relevancia cultural y social, y se escindió en dos corrientes: una que buscaba modernizarse y otra que se quedó estancada en los dogmas antiguos.

Esta segunda corriente adoptó el nombre de fundamentalismo (neta, nadie más se lo puso) y significó la primera decadencia del evangelismo:

“[El evangelismo] respondió a la modernidad en formas que lo cortaron de su propio pasado. En reacción contra la crítica académica, se volvió simplista y literal en su interpretación de la escritura. En reacción contra la evolución, se volvió anti-científico en su orientación general. En reacción a las corrientes modernizadoras, llegó a considerar el concepto de justicia social como una peligrosa idea liberal.”

Lo que es más trágico, abandonó la idea de que la vida debe hacerse buena en la tierra para adoptar un dogma según el cual el mundo ya está jodido y lo único que nos salvará será la próxima venida de Jesús, que está a la vuelta de la esquina. Es así como el evangelismo decayó como corriente de pensamiento, se aisló y perdió influencia, para convertirse en una ideología marginal (fringe, como dicen los angloparlantes).



Esto comenzó a cambiar hacia la década de los 60, cuando algunos líderes religiosos decidieron salir del gueto que se habían impuesto y abandonaron el nombre fundamentalistas para adoptar el de evangélicos. El recién fallecido Billy Graham, pastor de la Convención Bautista del Sur, se convirtió en la figura más señera del movimiento, abogando por la necesidad de volver a incidir en la vida pública de los Estados Unidos.

Graham presentó una imagen más amigable del evangelismo, se sumó a la causa contra la segregación de los negros y  se convirtió en el asesor espiritual de todos los presidentes gringos desde Harry Truman hasta Barack Obama. Esto debería haber traído una renovación modernista para el movimiento, pero se toparon con la contracultura sesentera y su revolución sexual.

Los evangélicos podían subirse al carro de la equidad racial, pero nunca al del amor libre, la liberación femenina, los derechos reproductivos, la normalización del divorcio y la homosexualidad. No ayudó que las corrientes izquierdistas que abogaban por la justicia social y la igualdad fueran ateas o anticlericales: preocuparse por esas cosas se volvió marca de sucios marxistas.

Al mismo tiempo que las élites intelectuales y culturales de Estados Unidos (en especial en las universidades) aceptaban con entusiasmo las nuevas ideas, el evangelismo ganaba más y más números profesando el tradicionalismo en círculos menos ilustrados. Graham despotricaba contra el feminismo, creía que las mujeres debían ser esposas y madres, y aunque por lo general evitaba el tema, en ocasiones declaró su rechazo hacia la homosexualidad.

Como resultado, nos explica Gerson, el evangelismo se ha mantenido no sólo ajeno, sino de plano antagónico a las corrientes de pensamiento modernas, desplegando una narrativa victimista, conspiratoria y apocalíptica contra el mundo moderno (como si al rechazar sus creencias y valores, la sociedad los estuviera “persiguiendo”), además de antiintelectualismo (al pintar a las universidades como fábricas de fanáticos de izquierda) y anticientismo (al negar la evolución y el cambio climático antropogénico).



De la presidencia de Ronald Reagan (1981-9189) datan muchos giros hacia la dirección equivocada en la historia. Uno de ellos fue la alianza entre el Partido Republicano y las iglesias evangélicas. La historia de cómo el Great Old Party fue pasando al conservadurismo y después a la reacción y a la completa bancarrota moral es por demás interesante, sobre todo teniendo en cuenta que ése fue el partido Abraham Lincoln, que liberó a los esclavos, y de Dwight Eisenhower, que ordenó la integración racial en las escuelas del país. Ahora el GOP es el partido de la supremacía blanca, mientras que el Demócrata ha tenido una historia en la dirección opuesta, pasando de ser el partido de los esclavistas y la segregación en el sur, al de Barack Obama.

Es curioso como las escuelas de pensamiento cambian a lo largo del tiempo hasta convertirse en lo diametralmente opuesto que alguna vez fueron. Esto lo vemos en la actualidad con ciertos sectores de la izquierda, negacionistas de la ciencia y de la Ilustración. Pero ésa es otra historia que abordaré a su debido tiempo.

En fin, el caso es que de la alianza entre republicanos y evangélicos proviene una cada vez mayor confusión de valores que no tendrían por qué tener una relación lógica. Es decir, ¿por qué alguien que está a favor de un mínimo control estatal sobre la economía tendría que oponerse también al matrimonio gay y al aborto? ¿Por qué alguien que cree que los valores religiosos deben guiar la moral debería estar a favor del derecho a portar armas?

El frankenstein ideológico en que se ha convertido la derecha gringa es resultado no de que un sistema de valores central guíe sus opiniones sobre cada asunto, sino de la política de alianzas entre grupos que traen sus propias agendas a un colectivo que quiere mantener contentos a quienes le ayuden a sumar números, votos y cotos de poder.



Y luego Trump, que ganó cuatro quintos de los votos de blancos evangélicos en la elección de 2016. ¿Cómo es posible que un individuo que encarna todo lo contrario de los valores cristianos haya obtenido tanto apoyo de los evangélicos? En parte está el racismo endémico de los blancos sureños y la misoginia de la ideología evangélica. Pero también es que Trump les siguió la corriente, les decía que la cristiandad estaba bajo ataque y les prometía defenderla. Todo se reduce a un cálculo cínico y utilitario: todas las porquerías de Trump -racista, misógino, abusivo, adúltero, egocéntrico, codicioso y deshonesto- pueden ser perdonadas porque él protegerá a la cristiandad.

“Éste es lo que resulta cuando los cristianos se convierten en un grupo de interés más, peleando por los beneficios a costa de otros, en vez de buscar el bien de todos. El cristianismo es amor al prójimo, o si no pierde su camino.”

Estas palabras fueron escritas por Michael Gerson, quien no es el típico liberalote comecuras: es un evangélico conservador que sirvió como consejero de George Bush Jr. ¡Y hasta él se da cuenta de que apoyar a Trump significa la bancarrota moral para el movimiento evangélico! No es el único. Benjamin L. Corey es un teólogo cristiano que está de acuerdo en llamar “talibanes americanos” a ciertos sectores del evangelismo gringo, y convoca a otros cristianos a oponerse a ellos. En especial dice de líderes como Franklin Graham, el hijo del ya mencionado Billy:

“Gente como Franklin Graham están convocando a la gente con los mismos llamados que los talibanes: advirtiendo de que la cultura se está volviendo “demasiado progresista”, que la moralidad está bajo ataque, alentando a los cristianos de un color muy específico a tomar el control del gobierno a nivel local, estatal y nacional. Hay llamados frecuentes a “votar por la Biblia”, o a hacer que América regrese a los “valores bíblicos”. Hay una necesidad de enviar a la comunidad LGTBQ de vuelta a las sombras de la sociedad, de consolidar el derecho a discriminar a los otros, una sed insaciable de poder y el deseo de callar o castigar a aquellos que tengan una moral diferente a la suya.”

En un texto del Huffington Post, Tim Rymel recoge declaraciones de notables líderes evangélicos que son muy poco cristianas, como al mismo Franklin Graham abogando por dejar desamparados a los refugiados de guerra, al pastor Roger Jimenez celebrando la matanza de homosexuales en un club de Orlando, o a James Dobson, fundador de Focus on the Family, minimizar los abusos de Donal Trump. Esta gente, o es terriblemente hipócrita, o son peligrosos sociópatas.



Para entender a los Estados Unidos de Trump, antes que mirar a la Italia de Mussolini, habría que ver a la de Berlusconi. El gran intelectual Umberto Eco, hablando de él, nos advierte que si bien la Iglesia Católica era rival de las evangélicas en el pasado, ahora ciertos sectores de la misma se van acercando cada vez más a las posturas de los fundamentalistas. El que la Iglesia italiana se hubiera alineado con un ricachón cuya personalidad pecaminosa y altanera es muy parecida a la Trump, es señal de que la tendencia es ofrecer a los políticos que, aunque sean indiferentes o incluso contrarios a los valores morales de la religión, estarán dispuestos a favorecer las políticas más dogmáticas que los líderes religiosos les piden.

Eco termina recordándonos unos deseos expresados por el empresario de telecomunicaciones y líder baptista Pat Robertson:

“Quiero que piensen en un sistema de escuelas donde las escuelas humanistas queden completamente vedadas, una sociedad en la que la Iglesia fundamentalista asuma el control de las fueras que determinan la vida social.”

¿No es eso lo que hicieron los talibanes? Pues es lo que quiere una buena parte de los que llevaron a Trump en el poder y resulta que, ingenuamente o no, están esperando que él les cumpla. Una parte de la cristiandad está dispuesta a poner en el trono a cualquiera que les prometa darles el poder de imponer su credo sobre la sociedad. Y no les importará lo corruptos, inmorales o criminales que puedan llegar a ser estos advenedizos; no les importará sumar sus fuerzas a las de supremacistas blancos y neonazis. Como bien dice Eric Sapp, del Christian Post: éste es un pacto con el diablo, la misma oferta que Satán le hizo a Jesús en el desierto.

Ahora, estos grupos extienden varios de sus tentáculos por México y América Latina. Hablaremos de ello en la próxima entrada.


LinkWithin

Related Posts with Thumbnails