viernes, 18 de agosto de 2017

Monstruos y héroes. Historias de horror y resistencia contra el nazismo



En 2013 inicié en mi página de Facebook una sección llamada Curiosidades de la historia, con viñetas breves sobre eventos, personajes y datos históricos poco conocidos por el público en general. Inició, como su nombre lo indica, para hablar de cosas curiosas, pero con el tiempo ha ido creciendo y evolucionando, y ahora es uno de mis proyectos favoritos.

A veces en ellas he querido recuperar aspectos poco conocidos de la historia con el propósito de vincularlos con asuntos del mundo actual. A veces de ellas se puede aprender lecciones importantes sobre los tiempos que vivimos.

Ante el crecimiento del fascismo en el mundo y en particular en los Estados Unidos, he decidido hacer una breve compilación de viñetas históricas que tienen que ver con el horror del nazismo y el heroísmo de quienes se ha opuesto a él. Me parecen tremendamente relevantes hoy. Veamos si aprendemos algo:

NADA DE QUÉ PREOCUPARSE CON HITLER



El 21 de noviembre de 1922 el New York Times publicó un artículo sobre Adolf Hitler, entonces ya líder del Partido Nazi, y cuya popularidad estaba ascendiendo de forma impresionante. 

La pieza describía la habilidad de Hitler para encender los ánimos de las multitudes que lo vitoreaban. Sin embargo, el Times aseguró que "numerosas fuentes confiables" afirmaban que el supuesto antisemitismo de Hitler era sólo un acto, un truco; que el austriaco simplemente usaba un discurso de odio contra los judíos para mantener entusiasmados a sus seguidores y así fortalecer su organización para finalmente llevar a cabo sus verdaderas agendas políticas. Que no había nada de qué preocuparse.

En 1933 Hitler llegaría al poder en Alemania y haría realidad el contenido de sus discursos. Primero fueron guetos, luego campos de concentración y finalmente campos de exterminio en los cuales murieron aproximadamente 6 millones de seres humanos, principalmente judíos.

Fuentes:
http://www.snopes.com/1922-new-york-times-hitler/
http://www.nytimes.com/times-insider/2015/02/10/1922-hitler-in-bavaria/?_r=0

EL HOMBRE DE LOS BRAZOS CRUZADOS



En junio de 1936, en medio de una multitud que saludaba a Hitler, August Landmesser se negó a reconocer al tirano. Nunca antes, quedarse con los brazos cruzados había sido tan grande gesto de valentía y dignidad...

...Y amor, pues Landmesser también tenía en mente a su esposa Irma, que era judía, y a la hija que tenía con ella. Las mujeres de su vida eran deshumanizadas por el discurso de odio del régimen nazi.
En 1938, Landmesser fue arrestado por "deshonrar a la raza" y llevado a un campo de concentración. Nunca volvería a ver a su esposa (entonces encinta) ni a su hija. Irma sería arrestada poco después, y tuvo que dar a luz a su segunda hija en prisión. 

Irma murió en las cámaras de gas en 1942, y August fue conscripto en la "infantería penal" para ir a luchar en Croacia, donde murió en 1944.

Las niñas Ingrid e Irene fueron separadas y cada una se refugió con diferentes familias. Sobrevivieron a la guerra, y al crecer, una de ellas adoptó el apellido de su padre, y la otra el de su madre, para mantener su memoria.


"THEY SHALL NOT PASS!"



Octubre de 1936. Hitler y Mussolini habían consolidado sus dictaduras en Alemania e Italia. La Guerra Civil Española, que daría como resultado el régimen de Francisco Franco, había iniciado ese mismo verano. El fascismo era visto aun como una ideología política aceptable por las tímidas democracias occidentales, libre para competir entre otras posturas y agendas.

Oswald Mosley, líder de un movimiento fascista británico, anunció marchas y mítines de sus camisas negras (a la usanza de Mussolini) en la zona de East End de Londres. Sus partidarios lanzaban discursos incendiarios contra los judíos y los migrantes, a quienes acusaban de todos los males de la sociedad. Miles de ellos marcharían justo por el barrio judío el domingo 4 de octubre.

Casi 100 mil vecinos del lugar, entre judíos y gentiles, presentaron una petición al gobierno para declarara ilegal esa marcha. Por esos días, linchamientos y asesinatos contra judíos eran ya comunes en los países gobernados por el fascismo. Sin embargo, el gobierno no sólo desoyó la petición, sino que asignó 7 mil oficiales de policía para asegurar libre paso a los marchantes.

Pero llegó ese día y sucedió lo inesperado. Judíos, irlandeses e ingleses; obreros, estudiantes, amas de casa y pequeños comerciantes; laboristas, socialistas, comunistas y anarquistas; hombres y mujeres, conformaron un contingente antifascista que superó en número a los fascistas y a la policía. Construyeron barricadas, y armados con utensilios de cocina, botellas y ladrillos, hicieron retroceder al contingente fascista. La marcha fue cancelada.

El grupo antifascista coreaba el lema "They shall not pass!", es decir "¡No pasarán!", en alusión a los republicanos españoles que resistían la agresión franquista. Ese día, los fascistas no pasaron.

Un mural conmemora la Batalla de Cable Street, como fue conocido el combate.

Fuente: 

UN ORGULLO PARA SU RAZA



Joe Louis era el boxeador negro más aclamado de los Estados Unidos. Max Schmeling era el boxeador ario más aclamado de la Alemania Nazi. La pelea estaba destinada a ser legendaria.

En 1936, la primera pelea fue ganada por Schmeling: nocaut en el duodécimo round. Su victoria fue usada como arma propagandística del régimen nazi: era la prueba de la superioridad de la raza aria.

Dos años después llegó la revancha. Louis noqueó a Schmeling en el primer round. Hitler estaba furioso y ordenó dejar de usar a Schmeling como propaganda.

A pesar de todo, Schmeling no era nazi. Se opuso públicamente a varias políticas del régimen y salvó a dos chicos judíos de la persecución de la Gestapo. Como castigo, Hitler lo envió a una misión suicida en Creta, de la que sin embargo regresó con vida.

Louis, por su parte, se enlistó en el ejército estadounidense cuando inició la guerra. En las fuerzas armadas se practicaba la segregación, y él mismo fue enviado a servir en un cuerpo exclusivo para negros. Así, con todo y ser un héroe nacional y un símbolo de esperanza para los afroamericanos, sirvió en un ejército que lo discriminaba por su raza. Cuando le cuestionaron al respecto dijo "Hay muchas cosas que están mal en este país. Pero Hitler no va hacer que estemos mejor."

En una ocasión alguien le dijo al periodista deportivo Jimmy Cannon que Joe Louis era un orgullo para su raza.

-Así es -respondió-, es un orgullo para su raza: la raza humana.

Fuente:

KEEP CALM



Seguramente hemos visto muchas versiones de esta imagen. El origen de este popular meme se remonta a 1939, en el contexto la Segunda Guerra Mundial. El gobierno británico colocaba éstos y otros carteles por Londres cuando la ciudad sufría los constantes y atroces bombardeos de la aviación nazi. La idea era alentar al pueblo londinense a mantener la moral elevada. Otros carteles contenían leyendas como "La libertad está en peligro, defiéndela con todas tus fuerzas" y "Tu coraje, tu alegría, tu resolución nos traerán la victoria".

Flema británica: es justo lo que se necesita para mantener la calma cuando te está bombardeando la Luftwaffe.


LA MARSELLESA EN EL CAFÉ DE RICK



Casablanca es una de las más célebres obras de la Era Dorada de Hollywood, ambientada en la epónima ciudad Marroquí, entonces bajo el régimen fascista de la Francia de Vichy, títere de la Alemania Nazi.

Hay una escena en este filme en la que, para acallar a unos alemanes que cantaban en el Café de Rick, el héroe checo Victor Laszlo, hace que la banda toque "La Marsellesa". En seguida, un coro de refugiados de guerra se une, con el llanto en la garganta y lágrimas en los ojos.

¿Conmovedora, verdad? ¿Y si les dijera que no es actuación?

En 1941, cuando se rodó la película, la Segunda Guerra Mundial estaba en curso. Francia estaba bajo la bota de la Alemania Nazi, Gran Bretaña resistía a duras penas y los Estados Unidos no tenían visos de querer meterse. No es sólo que Michael Curtiz, el director, fuera un judío húngaro con familia aún en Europa. De hecho, él consiguió a actores y extras que fueran realmente refugiados de guerra.

En especial la actriz Madeleine LeBeau: ella apenas había logrado escapar de Francia en 1940 con los nazis pisándole los talones. Ninguno de ellos estaba seguro de cómo terminaría el conflicto o de si alguna vez volverían a sus hogares en libertad. Es decir, cuando ustedes ven las reacciones de los parroquianos del Cafe de Rick, están viendo la pasión real de seres humanos reales.

Aquí la memorable escena:




EL TRABAJO OS HARÁ LIBRES



Ésa es la traducción del alemán "Arbeit macht frei", frase que ostentaba la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia, el mayor de los mataderos nazis y en el que más de 1 millón de personas (judíos, gitanos, eslavos, presos políticos, homosexuales y testigos de Jehová) perdieron la vida.


La frase se encontraba también en otros campos de concentración y era uno de los lemas que el régimen nazi había heredado de la República de Weimar. Su origen parece estar la novela moralista de Lorenz Diefenbach, titulada precisamente Arbeit macht frei, en la que exhorta a estafadores y tahúres a buscar el camino de la virtud en el trabajo honesto.

Sin embargo, en las puertas de Auschwitz, la frase se presenta como una burla de crueldad inhumana: los prisioneros eran esclavizados hasta que ya no resultaban útiles y entonces se les asesinaba. Un recordatorio de que un régimen tiránico y opresor puede prometerte toda clase de recompensas si "trabajas duro". Promesas que no tiene la menor intención de cumplir.


Fuente:


LOS TRIÁNGULOS ROSA




El aparato de opresión y exterminio nazi iba dirigido sobre más víctimas de las que por lo común se recuerda. Así como los judíos eran marcados con una Estrella de David amarilla, los homosexuales en los campos de concentración debían usar un triángulo de color rosa.

Alrededor de 15,000 hombres (y un número indeterminado de mujeres) homosexuales fueron a parar a los campos de concentración, donde la tasa de mortandad para ellos fue del 60%, pues recibían un trato especialmente cruel por parte de sus captores.

Tras la derrota del Reich, mientras que presos de otros tipos fueron liberados, los de los triángulos rosas fueron simplemente reencarcelados, tanto por la capitalista República Federal de Alemania, como por la comunista República Democrática de Alemania, pues en ambos países la homosexualidad continuó siendo un delito. Algunos pasaron muchos años en prisión después de la guerra.

Los homosexuales no comenzaron a ser reconocidos como víctimas del Holocausto sino hasta la década de los 80. Alemania no admitió su culpa frente a la comunidad gay sino hasta el año 2002.



¿ESTÁ BIEN GOLPEAR NAZIS?




No muchos lo saben, pero los cómics del Capitán América, creado por Jack Kirby y Joe Simon en 1941, aparecieron varios meses antes de que Estados Unidos entrara a la Segunda Guerra Mundial. Con todo, ya desde el primer número podemos ver en portada al Capi metiéndole un buen puñetazo al mismísimo Adolf Hitler. No a todos les gustó esta idea.

En ese entonces el nazismo era considerado una opción política válida como cualquier otra en Estados Unidos, donde había agrupaciones más o menos abiertamente nazis. Además, la mayoría de los estadounidenses consideraba que la guerra en Europa no era asunto suyo y que debían permenecer en el aislacionismo.

Para miembros de movimientos fili-nazis como "America First", el poner en la portada de un cómic a un personaje golpeando al gobernante legítimo de un país amigo era una ofensa imperdonable. Máxime cuando los creadores eran ambos judíos.

La editorial recibió múltiples insultos, peticiones para despedir a Simon y a Kriby e incluso amenazas de muerte por parte de los nazis locales. La cosa se puso tan grave que el mismo alcalde Nueva York, Fiorello LaGuardia, proporcionó seguridad para cuidar a la comañía y a los creativos. Resulta que LaGuardia no sólo era anti-nazi, sino que le gustaban mucho las historietas y aquel cómic del Capí le había caído de maravilla.

Entonces, ¿está bien golpear nazis en la cara? Sí, sí lo está.


ADOLFO EL LOBO



Theodor Seuss Geisel, mejor conocido como Dr. Seuss, es recordado con cariño como el creador de Cómo el Grinch se robó la Navidad y otras hermosas historias infantiles clásicas. Pero también tuvo una etapa como caricaturista político.

En 1941 publicó la caricatura que aquí se ve. Representa a una madre leyendo la historia de Adolfo el Lobo (Hitler, claro está). La leyenda reza:"...Y el lobo masticó a los niños y escupió sus huesos... Pero ellos eran niños extranjeros, así que no importa."

La crítica iba contra el aislacionismo de los estadounidenses ante el avance de los nazis en Europa. Muchos refugiados, especialmente en nombre de sus niños, habían solicitado asilo en los Estados Unidos, pero se les había negado debido al rechazo de una buena parte de la sociedad. La playera de la mujer en el cartón dice "America First", referencia a un grupo aislacionista filo-nazi que se oponía a acoger refugiados.

Entre los niños refugiados a los que se les negó asilo se encuentra la tristemente célebre Anne Frank.
Más información:
LOS MOSQUITOS ASESINOS DE HITLER




Otoño de 1943, las tropas británicas y norteamericanas avanzaban hacia el norte por la Península Itálica, obligando a las fuerzas de la Alemania Nazi a replegarse. Entonces Heinrich Himmler, y el entomólogo Erich Martini llevaron a cabo un plan: atacar a los Aliados con mosquitos portadores de malaria.

Para ello inundaron los caminos que llevaban a Roma, usando en reversa las bombas que normalmente se empleaban para drenar los ríos y pantanos. Después, los nazis soltaron millones de larvas de Anopheles labranchiae, una especie de mosquito portador de la malaria.

Las tropas británicas y estadounidenses fueron tratadas con la medicina correspondiente, por lo que el plan de los nazis fracasó. Sin embargo, la población italiana local no estaba preparada para esto: los casos de malaria pasaron de 1,200 en 1943 a casi 55,000 el año siguiente. La malaria siguió siendo un grave problema de salud pública en la región hasta que los pantanos fueron drenados nuevamente en 1950.

La región, fluvial y pantanosa, siempre había sido problemática, y desde tiempos romanos se habían llevado a cabo grandes obras hidráulicas para impedir el estancamiento de agua y la proliferación de la enfermedad. Su nombre, por cierto, viene del italiano medieval "mala aria", un mal aire, pues se creía que el aire de los pantanos la producía.

FRANCIA NEGRA, FRANCIA LIBRE




En la imagen se puede ver a dos soldados africanos luchando en Francia en invierno de 1944. Con la mitad de Francia bajo el gobierno de Vichy, títere de Hitler, y la otra mitad bajo control directo del Tercer Reich, la Francia Libre dependía de sus tropas coloniales para hacer la guerra.

Más de 200 mil soldados africanos pelearon como voluntarios por la Francia Libre en la Segunda Guerra Mundial. 25 mil de ellos murieron en combate y otros tantos miles fueron masacrados por los nazis en campos de prisioneros. Uno de esos soldados, y que logró escapar "por un pelo" de ser asesinado por los nazis, sería el futuro presidente de Senegal, Leopold Senghor.

Una vez liberada Francia, Charles De Gaulle consideró que era demasiado peligroso tener a tantas tropas africanas en Europa, por lo que ordenó el "blanchiment" (blanqueamiento) del ejército, sustituyendo a los soldados negros por nuevos reclutas blancos.

A pesar de su valerosa contribución a la derrota del nazismo y la liberación de Francia, los soldados africanos sufrieron discriminación y malos tratos. No se les pagó lo prometido y se les negó el derecho a una pensión, además de que fueron borrados de la historia nacional.

Ver más:
QUIEN SALVA UNA VIDA..



En  1938 el corredor de bolsa inglés Sir Nicholas Winton viajó a Checoslovaquia para visitar a un amigo. Ahí conoció la situación de los campos de prisioneros atestados de judíos y disidentes políticos que huían de la región de los Sudetes, recientemente anexada por la Alemania Nazi.

Alarmado por las condiciones en que se encontraban los refugiados, por la violencia que sufrían los judíos en territorio nazi, y por la certeza de que Hitler pronto invadiría el resto de Checoslovaquia, Winton organizó el rescate de 669 niños, que gracias a él pudieron escapar del Holocausto y encontrar una vida segura en Inglaterra.




El gobierno español, en apariencias neutral, pero de hecho aliado de Hitler, ignoraba sin problemas la realidad del Holocausto. No así el jefe de la legación española en Budapest, Ángel Sanz Briz.

En 1944, cuando el Tercer Reich estaba a la defensiva y el exterminio se aceleraba, Sanz Briz encontró un decreto de 20 años antes que reconocía como ciudadano español a todos los descendientes de los judíos sefardíes expulsados de la Península Ibérica por los Reyes Católicos.

Briz obtuvo la autorización y comenzó a literalmente sacar familias enteras de los vagones que llevaban judíos a los campos de exterminio. Sefardíes o no, Sanz Briz hizo lo que pudo y salvó la vida de 5 mil personas.

Gilberto Bosques era el cónsul mexicano en el puerto francés de Marsella. Tras el ascenso de Franco en España, muchos habían huido a Francia, pero ahora en 1940 este país había sido ocupado por la Alemania Nazi.

Entonces Bosques dedicó sus esfuerzos a salvar las vidas de miles de personas amenazadas por el fascismo. Para ello, otorgó visas mexicanas que garantizaban un salvoconducto para viajar a este país. Unas 40 mil personas lograron escapar de la Francia ocupada y salvar la vida gracias a él, incluyendo a personajes como María Zambrano, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Leonora Carrington y Brigida Alexander.




Bajo las órdenes del dictador portugués Antonio de Oliveira Salazar, estaba prohibido a los diplomáticos portugueses ayudar específicamente a los judíos, rusos o refugiados de otros países.

En 1940, el cónsul portugués en Burdeos, Arístides de Sousa Mendes, era buen amigo del  rabino Chaim Hersz Kruger, y le ofreció darle la documentación necesaria para salir de Burdeos. Kruger se rehusó: no iba a dejar a sus compatriotas y feligreses para salvarse él mismo.

Sousa tuvo un momento de iluminación: debía salvarlos a todos. Así que desoyó las órdenes de su gobierno y decidió ofrecer visas portuguesas gratuitas a todo aquel que lo pidiera. 38 mil personas, entre ellas 10 mil judíos, pudieron escapar de Francia gracias a sus esfuerzos.

Reza el Talmud "Quien salva una vida, salva al mundo entero". Vidas como ésas son las que valen la pena vivirse.

Fuentes:

viernes, 11 de agosto de 2017

Cuatro plumas blancas: Masculinidades tóxicas y guerras mundiales



En la novela de 1902 Las cuatro plumas, del escritor británico de Alfred E.W. Mason, el joven Harry Faversham cae en desgracia al desertar del ejército justo antes de ser enviado a una guerra imperialista en Sudán a finales del siglo XIX. Para señalar su desprecio por él, tres de sus camaradas y su prometida le envían cada uno una pluma blanca, marca de cobardía y deshonor. La única forma de lavar su vergüenza es cometiendo grandes actos de heroísmo y rescatar a sus antiguos compañeros de armas, atrapados en el corazón de África, para ganar de vuelta su respeto así como el corazón de la mujer amada.

Esta novela de aventuras y sus múltiples adaptaciones cinematográficas nos muestran el ideal de hombría prevaleciente en el mundo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundal, apenas doce años más tarde. Aunque las plumas blancas como símbolo de cobardía son algo específicamente inglés, la masculinidad ha sido tradicionalmente asociada a los ideales de la valentía, especialmente en cuanto al combate. Un “hombre de verdad” es el que no teme a usar la violencia para defender a su patria, su honor o algún otro ideal abstracto. Ser cobarde, negarse a arriesgar la vida (o quitar la vida) por estos principios, implica perder la dignidad de ser hombre.

Foto completamente gratuita de Heath Ledger en Las cuatro plumas (2002)


En los últimos años se ha empezado a popularizar el concepto de “masculinidad tóxica”, refiriéndose a esos ideales de lo que significa “ser un hombre de verdad” y que resultan dañinos, incluso destructivos, tanto para los hombres como para las mujeres. A muchos hombres los condena a la frustración y conflictos emocionales por verse incapaces de cumplir con esos estándares, los hace proclives a ponerse en situaciones de riesgos innecesarios y los vuelve violentos hacia las mujeres.

Dado que muchas veces me han pedido hablar de cómo el machismo nos daña también a nosotros los hombres y dado que he estado dedicando por lo menos una entrada cada mes de agosto desde 2014 a la Primera Guerra Mundial, he optado por juntar ambos temas en uno solo. Atásquense que hay lodo.

Hombres, los de antes



En su excelente The War thad Ended Peace la historiadora Margaret McMillan hace un apasionante relato de cómo en 1914 el mundo se precipitó (o más bien, cómo Europa precipitó al mundo) hacia el desastre civilizatorio que fue la Primera Guerra Mundial, con lo que acabó una racha de casi 100 años de paz continental e inició un ciclo de catástrofes globales que no terminaría sino hasta 1945.

Uno de los capítulos está dedicado al estado de la cultura europea en las décadas anteriores al estallido. Entre otras cosas, nos dice que una preocupación de muchos europeos era la “pérdida de la masculinidad”. Muchos opinólogos se quejaban de que la sociedad se estaba “feminizando”, que ya no había “hombres de verdad”. Europa, lloriqueaban, se había acostumbrado a la buena vida de la “belle époque”. Hacía falta una guerra para revitalizar el vigor viril de las jóvenes generaciones.

¿En qué consistía esa masculinidad que se estaba perdiendo? En la violencia, la agresividad, la voluntad de dominio. La valentía que se admiraba no era tanto moral como física: el no temerle a la muerte o al dolor en el combate. Poco importaba si la causa por la que se combatía era noble o no. De hecho, el cuestionarla era una muestra más de cobardía y poco patriotismo.

“Los hombres, o eso se temía, estaban haciéndose más débiles, más afeminados, en el mundo moderno, y la fuerza y otros valores masculinos no eran tan valorados.”

Un alto líder militar se lamentaba de que los bailarines de ballet y los cantantes de ópera fueran tan valorados en la sociedad británica contemporánea. Se temía que los homosexuales, a quienes se les atribuían múltiples vicios, como la cobardía, la deslealtad y los celos, estuvieran invadiendo la sociedad. El movimiento sufragista causaba pánico y a muchos alarmaba que las familias de las clases prósperas fueran menos numerosas; ambos factores eran tomados como indicio de que la virilidad estaba declinando. Había movimientos desesperados por tratar de salvar “los valores familiares” ante las perversiones de la modernidad
“Ideas y emociones a menudo cruzaban las fronteras nacionales: el nacionalismo con sus jinetes del odio y el desdén hacia los demás […]; las demandas de honor y hombría que implicaban nunca retroceder o aparecer débil; el darwinismo social que catalogaba a las sociedades humanas como si fueran diferentes especies y promovía una fe no sólo en la evolución y el progreso, sino en la inevitabilidad del conflicto.”
Obviamente, no fue sólo la masculinidad tóxica lo que llevó al estallido de la 1GM. Hubo causas políticas, económicas, históricas y culturales mucho más importantes. Pero esos valores dañinos ayudaron a darle a esa guerra la forma que tuvo y a aumentar el sufrimiento de quienes participaron en ella.
“Con tales actitudes, la guerra a menudo parecía deseable, como una forma honorable para luchar contra el destino y como una forma de revigorizar la sociedad. Peligrosamente para Europa, la guerra llegó a ser aceptada por muchos como algo inevitable”.

Los hombres no temen



Una vez estallada la guerra muchos jóvenes a enlistarse en los ejércitos para probar su hombría. Los discursos ociosos de las épocas anteriores los habían llevado a creer que participarían en una gloriosa aventura de la que los jóvenes regresarían “hechos hombres”. Lo que vivieron fue muy diferente.  Cada joven sabía que iba a disparar y recibir disparos, pero nunca nadie cree realmente que puede ser él mismo quien morirá.

Los altos mandos militares de todas las naciones estaban convencidos de que una estrategia basada en el ataque era no sólo la más efectiva, sino la única viril y honorable. Así, en las primeras semanas de la guerra, y durante otros momentos especialmente sangrientos del conflicto, enviaron a cientos de miles de soldados en cargas contra posiciones enemigas.



Los primeros desastres, las batallas en las que miles de soldados podían morir en unas pocas horas, dieron cuenta de que en una guerra moderna, industrial y altamente tecnológica, quien jugara a la defensiva tenía siempre la ventaja (un solo hombre con una ametralladora disparando tras un parapeto podía acabar con decenas de enemigos a la carga). Pero eso no hizo cejar a los mandamases de ordenar ataques fallidos, lo que llevó a las batallas más sangrientas de la historia humana hasta su momento, en especial durante 1916.

Peor aún, muchos comandantes estaban convencidos de que, sin importar las armas de las que dispusiera el enemigo, la valentía, el arrojo, y el espíritu guerrero, es decir, los valores típicamente viriles, eran los que decidían la victoria. Así, enviaron a sus hombres a morir en situaciones en las que obviamente no tenían ninguna oportunidad. Cuando estos descabellados intentos fracasaban, los comandantes culpaban a sus soldados y los tachaban de cobardes, traidores, poco hombres. Situaciones así se dieron a lo largo y ancho de todos los múltiples frentes y en todos los ejércitos, provocando las muertes de cientos de miles de hombres jóvenes de la forma más absurda e innecesaria.

Los hombres no lloran



Para los soldados la tragedia no terminaba con haber sobrevivido al campo de batalla. Shell shock es un término coloquial para describir diversos desórdenes psicológicos y psicosomáticos experimentados por soldados durante la guerra, especialmente lo que ahora se conoce como estrés postraumático.

Incluso sin haber sufrido heridas físicas, los soldados mostraban una variedad de síntomas de origen nervioso: temblores, ceguera, amnesia, mareos, jaquecas, ataques de pánico, pesadillas, terrores nocturnos, parálisis, taquicardia, desórdenes alimenticios, ansiedad y depresión. En un principio tanto los oficiales como los médicos desestimaron estas condiciones como cobardía y falta de masculinidad, como pretextos que los soldados inventaban para zafarse de su deber sagrado o manifestaciones de histeria mujeril indigna de hombres verdaderos. Esto provocó que los hombres afectados por estas condiciones no recibieran el tratamiento médico y psicológico que necesitaban, y que incluso fueran obligados a seguir en el frente arriesgando su vida, o fueran juzgados como insubordinados o desertores si se negaban a pelear.

Claro, este fenómeno es tan antiguo como la guerra misma y aparece mencionado en las épicas y crónicas de las civilizaciones antiguas, aunque con distintos nombres. La verdad es que el hombre como “perfecto soldado”, por completo de acuerdo al ideal de masculinidad, nunca ha existido. Esto ha sido más claro cuanto peor es la guerra y la guerra industrial ha sido la peor de la historia. Lo cierto es que la guerra no es para los hombres: la guerra no es para nadie.

En nuestros días aun es difícil para los varones reconocer y tratar los problemas psicológicos como la depresión. Como viven bajo la presión de “ser fuertes”, las expresiones de “debilidad emocional” en los hombres, tales como el llanto o el miedo, son mal vistas y deben ser ocultadas. Sin saber cómo lidiar con sus emociones, acostumbrados a nunca recurrir a nadie para ello, no es de extrañar que los hombres se suiciden en una tasa mucho mayor que las mujeres.

Las plumas blancas



En 1914-1918: The History of the First World War, David Stevenson nos cuenta que al principio de la guerra, algunas mujeres británicas recorrían las calles de las ciudades y le daban plumas blancas a los hombres que vieran vestidos de civiles. Era una forma de humillar a los cobardes que no habían querido enlistarse para pelear por la patria.

A lo largo de la historia, las mujeres han tenido un papel en la perpetuación de las masculinidades tóxicas, así como la han tenido en la perpetuación del machismo. Madres, hermanas o compañeras han presionado a los hombres para que cumplan con los ideales de virilidad, aunque éstos resulten dañinos tanto para ellas como para nosotros.

Lo anterior y otras formas en las que la masculinidad tóxica daña a los propios hombres ha llevado a algunos “masculinistas” a querer plantear falsas equivalencias y hacer como si las mujeres hubieran sido tan opresivas con los hombres como nosotros lo hemos sido con ellas.

Primero, tratándose de la guerra y la masculinidad tóxica, sí es cierto que fueron los hombres, los soldados, los que (en cuanto a números) fueron quienes principalmente sufrieron por ello (aunque no se puede dejar de lado a las mujeres combatientes y civiles que también fueron afectadas por la guerra).

Pero no olvidemos lo importante: los oficiales del ejército que castigaban a sus propias tropas, los altos mandos militares que ordenaban los ataques sin sentido, los gobernantes que declararon la guerra, eran todos hombres. El poder que tenían sobre los soldados era el que tienen los ricos sobre los pobres, los viejos sobre los jóvenes, los jerarcas sobre los subordinados.



Las mujeres podían recurrir al chantaje emocional o la presión social para que los hombres cumplieran con esos ideales de masculinidad, pero no tenían el poder político, económico o siquiera la fuerza física para coaccionarlos a marchar al frente. Era un mundo, como lo sigue siendo ahora, gobernado por hombres. Como ahora, los hombres tenían el poder para oprimir a las mujeres en razón de su género y a otros hombres en razón de su estatus social o condición económica.

Pienso que los hombres tenemos derecho a exigirle a las mujeres en nuestras vidas que no traten de imponernos ideas de masculinidad que nos hacen daño. Pero esa misma exigencia debemos hacer a los sobre todo a los otros homnres. Lo que en definitiva no es válido, ni tiene sentido, es usar estos hechos como pretexto para desestimar la mucho mayor opresión en la que histórica y actualmente han vivido las mujeres o demandar a los movimientos feministas que se ocupen de nuestros problemas cuando ellas necesitan todo su tiempo y energías para luchar contra las injusticias que afectan o amenazan sus vidas.

La única higiene posible para el mundo



Como en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, hoy asistimos a lamentaciones sobre la que “hombres verdaderos eran los antes”. Si antaño los quejumbrosos estaban en los periódicos, ahora están en las redes sociales. Se habla de una “pussy generation”, se lamenta la pérdida de la hombría, se entra en pánico ante el fortalecimiento del feminismo y de los movimientos LGBTQ. Pero fue ese mismo anhelo de recuperar “la hombría” una de las razones que precipitaron al mundo hacia la guerra y que una vez iniciada la hicieron todavía más horrible.

Peor aún, como antaño, esos ideales llevan a quienes lamentan la “feminización” o “mariconización” de la sociedad a apoyar ideologías misóginas, homofóbicas o ultranacionalistas. Para oponerse a las “feminazis” y la “ideología de género”, se vuelven hacia figuras autoritarias que representan esa “masculinidad a la antigua”, ya sea un autócrata como Vladimir Putin cuyo gobierno impulsa políticas inequívocamente misóginas y homofóbicas (aquí y aquí), ya sean movimientos neomachistas, como los Men's Rights Activists (que son puerta de entrada a la Alt-Right), que sueñan con restablecer la masculinidad tradicional que se ha perdido ante el empoderamiento de las mujeres.

Pero no olvidemos que justamente tras la Primera Guerra Mundial surgieron los movimientos fascistas, que justamente colocaban la virilidad “a la antigua” como una de sus valores principales. No olvidemos que el crecimiento de esas ideologías llevó a una guerra mundial aun peor y más destructiva, con todo y sus genocidios incluidos. No olvidemos las palabras del poeta italiano Filipo Tomasso Marinetti, uno de los primeros ideólogos del fascismo:

“Glorifiquemos la guerra –la única higiene posible para el mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructivo de los portadores de la libertad, las ideas hermosas por las que merece la pena morir y el desprecio a la mujer.”



Entonces, quienes lloran por la “pérdida de la hombría” y desean “el retorno de los reyes” deberían tener cuidado. Ser “un guerrero dispuesto a dar la vida por la patria” sólo favorece a los amos que declaran las guerras desde sus escritorios. El florecer de esos valores no lleva a nadie a la gloria ni al heroísmo; lleva a la aceptación de la violencia como parte inevitable, incluso deseable, de la vida; al desprecio de todo lo que no sea masculino; al sufrimiento íntimo de quien no sabe cómo lidiar con sus propias e ineludibles debilidades, y en el peor de los casos, a la tiranía y el genocidio.

Hemos recorrido este camino y sabemos hasta dónde llega. ¿Están seguros de que quieren "hombres como los de antes"?

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