viernes, 24 de febrero de 2017

Por qué "Los Simpson" siempre fue lo mejor



Hola, soy Ego. Quizá me recuerden por entradas simpsonianas como la épica serie sobre Familias animadas y el top 15 de los mejores Especiales de Noche de Brujas. Hace años que no veo capítulos nuevos de Los Simpson, que fue mi serie de televisión favorita, la que formó mi sentido del humor y la que me ha llenado de referencias para toda ocasión y momento sin importar qué tan inoportuno sea. Hay quien dice que las nuevas generaciones aman a los amarillos tanto como nosotros lo hicimos en algún momento. Pero en lo personal, conforme pasaba el tiempo la serie se me iba figurando cada vez más zonza, derivativa y molesta, al punto que me encontré preguntándole, ¿Qué te pasó? Si antes eras chévere. Además de que nunca me acostumbré al "nuevo" doblaje. Que me traigan a Beto Vélez de vuelta, carajo.

El punto es que, será el sereno, pero estaremos de acuerdo en que la Edad Dorada de Los Simpson se dio entre mediados de los noventas y mediados de los dosmiles. Estaremos de acuerdo, digo, los chavorrucos de mi edad. Pero la opinión de los demás no importa porque todas las generaciones están mal, excepto la mía.

Ahora que establecimos que la discusión se da entre adultos cultos y de amplio criterio forjados en el humor noventero de la más cáustica animación americana, no podemos dejar de mencionar otras dos series animadas que gozaron de gran popularidad en su momento, a las que se les saludó como herederas y rivales de la familia de Springfield: South Park y Padre de familia. A menudo surge el debate sobre cuál de estas tres series ha sido la mejor. Y creo que la respuesta obvia es "definitivamente Padre de familia no", que ésta no ha envejecido muy bien que digamos y cuyas últimas temporadas están de hueva.



El duelo podría ser más bien entre la creación de Matt Groening y la de Parker y Stone, pero sería una lucha desigual porque, la verdad sea dicha, South Park ha ido madurando y sofisticándose con los años mientras Los Simpson se hundían en un agujero del infierno. Perdón, hollito del diablo. Entonces habría de tomar los mejores años de Los Simpson como punto de referencia para compararlo con South Park (y con Padre de familia, no más por no dejar) y haré de cuenta que las mediocres temporadas recientes -que nada más llaman la atención cuando referencian la cultura pop de moda en el chiste del sofá- nunca pasaron, como hacemos de cuenta que ese señor en realidad es Seymour Skinner.

Ahora, si leyeron el título de esta entrada ya sospecharán que mi conclusión adelantada es que, a final de cuentas Los Simpson fue mejor serie que las otras dos. ¿Por qué lo creo? Es obvio hasta para el más obtuso de los individuos con un grado avanzado de topología hiperbólica. Preste atención, joven.

Padre de familia y sobre todo South Park tienen la gran y obvia ventaja sobre Los Simpson de que llevaron el humor negro y la irreverencia a niveles a los que esta última serie jamás se atrevió. La creación de MacFarlane y la de Parker y Stone osaron burlarse de prácticamente todo, incluso de los temas más delicados que podrían herir susceptibilidades y hacer sentir incómodos hasta los más fuertes de estómago. El asesinato, la violación, el incesto y la pedofilia fueron tema de chiste para ellos. La blasfemia también alcanzó niveles que Los Simpson apenas alcanzaron a rozar. En South Park el gore y el humor escatológico siempre rompieron los límites de lo imaginable en TV, abriendo camino para muchas otras creaciones. En Cartoon Wars Cartman le pregunta a Bart Simpson qué es lo peor que ha hecho, y él responde que cortarla la cabeza a una estatua. Gran cosa, Cartman una vez hizo que un adolescente se comiera a sus propios padres. Eso es todo.




¿Esto hace a aquellas series mejores  que Los Simpson? No necesariamente. El humor negro es casi siempre catártico; el burlarse de algo que debería ser reverenciado le da al alma el gozo que siempre viene de lo prohibido. Pero la irreverencia por sí misma, la blasfemia por el gusto de blasfemar, cuando no es inteligente y no tiene un propósito, termina por cansar. Es por eso que Padre de familia cansa y su estilo de humor se agotó pronto después de algunas temporadas muy buenas. Llegó a depender mucho del shock y de la aleatoriedad de lo absurdo; el dadaísmo y el estridentismo pierden fuerza en cuanto dejan de ser novedad. Esto lo entendieron a la perfección los creadores de South Park en la ya mencionada Cartoon Wars, en la que se burlaron sin miramientos de la creación de MacFarlane. Es la misma razón por la que nunca me agradó La casa de los dibujos y otras cosas parecidas que estuvieron de moda en los dosmiles: era puro mal gusto gratuito, simple blasfemia fácil, sin inteligencia, sin propósito, sin mensaje siquiera.

South Park supera en mal gusto, en crueldad, en escatología y en iconoclasia a Padre de familia, pero ello es casi siempre parte de algo que la serie tiene que decir. Oh sí, a menudo podía ser bobalicón y gratuito, pero siempre en el marco de un discurso crítico más amplio. 

Los Simpson, por otro lado, fueron más comedidos, pero sus propias transgresiones permitieron que las de series posteriores pudieran existir. Además, si se quedan cortos ante la irreverencia de Padre de familia, la superan por mucho en la inteligencia de su humor y en la agudeza de su crítica. Padre de familia podía mostrar al Papa en calzones, o poner a Dios como un psicópata; pero Los Simpson harían una crítica bien pensada que expusiera las paradojas e hipocresías del pensamiento religioso, las cosas y las cosas que contradicen a las otras cosas, ya fuera en la forma de las iglesias organizadas o de las sectas más chifladas.

En irreverencia Padre de familia supera a Los Simpson, y South Park supera a los dos. En inteligencia Padre de familia queda hasta lo último, y las otras dos se echan un tirito. ¿Cómo desempatamos?



Creo que hay otro punto en el que podemos marcar una ventaja. La sátira de South Park es ácida, ingeniosa y provocativa, pero rara vez es muy profunda. Stone y Parker tienen opiniones muy firmes sobre algunos temas desde una postura que extrañamente mezcla el liberalismo clásico individualista con un desprecio por el liberalismo contemporáneo del gringo policorrectoso.  A estas posturas se les ha llamado "South Park Conservativism", y aunque Parker y Stone rechazan la etiqueta, sí han dicho cosas como "I hate conservatives, but I fucking hate liberals".

No es que esté mal, por supuesto, tienen derecho a ello y las más de las veces son bastante atinados en sus sátiras. Pero ocasionalmente hacen contundentes afirmaciones que resultan ser erradas, producto de la ignorancia y falta de comprensión sobre temas que han simplificado en exceso. Por ejemplo, varias veces se burlaron del concepto de cambio climático (el infame hombre-oso-cerdo). Sin embargo, el problema tampoco es ése: la sátira por su misma naturaleza necesita simplificar y exagerar, y no está obligada a ser factualmente correcta. El problema es que South Park puede ser muy sermoneador. Muchos episodios terminan con Kyle o Stan, la voz de la razón en un mundo de idiotas y pervertidos, dando un discurso en el que se deja muy en claro la postura de los creadores. Es un sermón iconoclasta y altisonante, sí, pero un sermón al fin y al cabo. Una fábula con todo y moraleja.

Mientras South Park creía que se pueden resolver importantes dilemas de la vida social con respuestas simples de sentido común, Los Simpson siempre estuvo más dispuesta a reconocer las complejidades de la vida humana. Como buena sátira, se dedicaba a poner en evidencia los absurdos y contradicciones de la existencia, pero rara vez comete la arrogancia de decirle al público qué debe pensar. Más bien, en sus buenos tiempos por lo general se curaron de mostrar las diferentes caras de un asunto, cada una con sus propias insensateces.



Por ejemplo, en Tomy, Daly y Marge, se trata de las posibles malas influencias de los medios de comunicación y de los alcances de la censura. Lo que es brillante de este capítulo es que en ningún momento trata de dar una respuesta contundente a la cuestión. Sí, quizá sería un mundo mejor si los niños apagaran la tele y salieran a jugar. Pero una vez que abres la puerta a la censura, ¿dónde se detiene? O veamos Última salida a Springfield, en donde se trata de los abusos de los amos corporativos, pero en el que también la corrupción de los sindicatos es un motivo recurrente y Homero sólo resulta un héroe del proletariado por una serie de afortunadas coincidencias. ¿O qué hay del dilema que se plantea sobre la verdad y el mito de Jeremías Springfield en Lisa la iconoclasta?

No sé ustedes, pero a mí me parece más meritorio que una pieza de humor te deje pensando a que pretenda dar de una vez la respuesta, especialmente si es del tipo "los crímenes de odio no existen porque todos los crímenes son de odio", como llegó a decir Kyle en una de sus moralejas finales.

Aguante, hay una cosa más. El cinismo, el humor negro, la irreverencia de Padre de familia y de South Park superan por mucho a la de Los Simpson, pero a un costo: su lado humano. Las tres son comedias, pero Padre de familia es casi siempre una farsa y South Park es casi siempre un esperpento. Los Simpson es a menudo farsa y a veces esperpento (especialmente en sus años chafas), pero en su buena época esa serie podía llegar a ser incluso más que simple comedia.

Déjenme plantearlo así: ¿cuántos momentos conmovedores de Padre de familia o South Park recuerdan? Los Simpson fue más que pura hilaridad; no siempre tenía que ser chistosa para ser buena. En ocasiones podía ser muy entrañable, como en el episodio en que Homero reencuentra a su madre, o aquél en el que cuentan la historia del nacimiento de Maggie (aquí algunos más). Las reacciones que un buen episodio de esta serie podía provocar iban más allá de la carcajada. A veces podía ser simplemente bueno, como la adaptación de El Cuervo de Poe: el segmento tiene algunos momentos chistosos, pero no se trata sólo de dar risa y casi al final se pone soberbio. Un capítulo como El misterio viaje de nuestro Homero está lleno de momentos de belleza visual.

La vida humana rara vez es sólo tragedia o sólo comedia; al abordar un espectro más amplio de emociones, Los Simpson demostró tener conciencia de ello. Ese humanismo, que contrasta con el cinismo de las otras dos series, se demuestra no sólo en las situaciones, sino en los personajes. Homero, Marge, Bart y Lisa son personajes más multifacéticos que cualquiera de los de South Park o Padre de familia (quizá Bryan Griffin...). Homero no es sólo una caricatura del patán gordo clasemediero gringo; se ha convertido en un arquetipo en sí mismo, y es debido a que como personaje demuestra diversas facetas de su personalidad, sus emociones y su moral.



Sólo una serie contemporánea era tan humanista, Los Reyes de la colina, que aunque era buena, ni de lejos era tan graciosa como Los Simpson. Si acaso hay una serie que podría competir en cuanto a ese equilibrio entre la inteligencia del humor, la agudeza de la crítica social y el humanismo de personajes y temas, sería otra del mismo creador y que compartía equipos creativos: Futurama.

Podría enlistar más motivos por los que amo Los Simpson en su buena época, en especial la enorme cantidad de referencias a la cultura, desde lo más pop hasta lo más sofisticado, así como a la historia, la ciencia y la filosofía, que le permitía hacer chistes que pudieran apreciarse a diversos niveles, ya fuera humor del pastelazo o cosas que nos hacen sentir como San Agustín de Hipona cuando fue convertido por Ambrosio de Milán.

Pero sé que probablemente todo este despotrique es una racionalización de mis gustos nostálgicos. Aquí usé muchos términos (ingenioso, inteligente, humanismo, farsa, esperpento) que difícilmente pueden ser definidos sin ambigüedades, por lo que no creo posible determinar de forma objetiva qué serie es mejor que las demás. Pero de todos modos ahí les dejo mis debrayes, a ver qué les parecen. No me lo agradezcan a mí, sino a mi navaja.




Y ahora, para seguir en la tradición de este blog, los dejo con lo que realmente querían ver: ¡Escenas de desnudos!




viernes, 17 de febrero de 2017

La falacia del mundo justo, Parte II



Hola, antes de empezar querrás leer la primera parte.

Parte II: De por qué los ricos son cretinos

Según un antiguo mito griego, Pluto, el dios de la riqueza, recompensaba con bienes materiales a los hombres justos. Zeus, quien como sabemos era un completo patán, no estaba de acuerdo con esto, así que mandó un rayo que le quitó la vista al dios. Desde entonces Pluto reparte sus dones ciegamente, al azar. Como muchos mitos de la antigüedad, éste esconde una pizca de sabiduría: el reconocimiento de que la riqueza no depende de la virtud.

Sin embargo, hoy está muy difundida la idea de que, por lo menos en las sociedades capitalistas, el reparto de la riqueza se hace de manera naturalmente justa, que son los talentosos y los esforzados, los benefactores de la sociedad, quienes reciben la riqueza, mientras que los pobres y fracasados se quedan en su sitio porque no se esfuerzan lo suficiente o simplemente no tienen talento.

En la entrada anterior hablábamos de la falacia del mundo justo, un sesgo cognitivo que nos hace pensar que la vida es justa en sí misma y que tarde o temprano cada quien recibe lo que se merece. Vimos que esta predisposición psicológica nos resulta reconfortante, porque nos hace sentir merecedores de lo que tenemos y nos protege de la ansiedad que nos puede resultar de pensar que nosotros también podríamos ser víctimas de una desgracia (puesto que sí hacemos las cosas bien), pero que al mismo tiempo nos hace perder empatía hacia las personas menos desafortunadas (porque juzgamos que se han ganado sus problemas).

Este sesgo cognitivo se manifiesta en supersticiones que van desde el derecho divino de los reyes hasta el Karma y la Ley de la Atracción. De igual manera se manifiesta en la creencia ciega en la justicia intrínseca del sistema socioeconómico en el que vivimos: el capitalismo meritocrático. Aquí, de hecho, se mezcla con otro error de juicio muy frecuente: la falacia naturalista, según la cual lo que sucede en la naturaleza es moralmente bueno.

El darwinismo social, una corrupción de la teoría evolutiva de Charles Darwin, dibujaba un paralelismo entre la supervivencia de los más aptos en la naturaleza y el éxito de los mejores en la sociedad. En la naturaleza no todos los individuos sobreviven para reproducirse, sino los que tienen las características que los hacen más aptos para ello. En una sociedad en la que se permita la libre competencia entre individuos, tal como existe en la naturaleza, serán los más aptos los que triunfen, es decir, los que se hagan de la riqueza y el poder. Intervenir en ello sería contravenir a las leyes de la naturaleza.

El problema es que la teoría evolutiva de Darwin nos dice cómo funciona el mundo, no cómo debería ser. Nada implica que lo que ocurre entre los seres vivos en estado natural sea lo correcto, lo moral o lo justo. Cuando un león macho derrota a otro en combate y se queda con su territorio y sus hembras, mata a los cachorros de su adversario para asegurar la supervivencia de su propia progenie. ¿Es eso moral o inmoral? Ninguna de las dos; simplemente es como son las cosas.

Claro está, el hecho de que existan las falacias naturalista y del mundo justo no es prueba de que un sistema económico de libre competencia no asegure un reparto justo de la riqueza. ¿Podemos comprobar que eso de que “los pobres son pobres porque son inferiores, mientras que los ricos se han ganado justo lo que merecen” es un mito? Sí, sí podemos.



Se dice que el éxito económico depende de los esfuerzos de cada uno. Que no tienes la culpa de nacer pobre, pero sí de seguir siendo pobre cuando llegas a la adultez. En realidad, las condiciones iniciales de una persona y el entorno social en el que vive tienen un enorme peso en su futuro económico. Por ejemplo, estudios estadísticos demuestran que existe una fuerte correlación entre los ingresos de los padres y lo que llegarán a ganar los hijos cuando estén en edad laboral. La movilidad social está correlacionada con los niveles de desigualdad existentes en una sociedad. Esto quiere decir que en sociedades con altos índices de desigualdad social (como en México), se vuelve menor la posibilidad de que una persona llegue a estar en una mejor (o peor) posición que sus padres (aquí).

No solamente la mayor parte de las grandes fortunas de hoy son heredadas. La posibilidad de prosperar económicamente depende en gran medida de condiciones sociales de las cuales un individuo no es responsable, tales como los índices de seguridad, la estabilidad de un gobierno, los niveles de educación o el poder adquisitivo de los conciudadanos, la existencia de infraestructura como caminos y carreteras, etcétera (aquí).

Revisando los perfiles de exitosos entrepeneurs nos encontramos con que la mayoría empieza desde una posición de privilegio: no sólo nacen con acceso a capitales familiares que les permiten hacer inversiones iniciales, sino que cuentan con redes de apoyo en caso de que sus primeras iniciativas fracasen. Además, son abrumadoramente hombres y blancos, por lo cual no tendrán que enfrentarse a las dificultades que oponen el sexismo y el racismo. En estas condiciones es más fácil ser creativos y tomar riesgos; “perseguir tus sueños” no es para todos (aquí).



Lo que es más, algunos rasgos psicológicos asociados con el éxito en el emprendedurismo, como la inclinación a tomar riesgos y la no conformidad con lo establecido, están también relacionados con la incidencia en cometer delitos menores (apuestas, uso de drogas, incluso el hurto). Ahora bien, en un joven de familia acomodada la probabilidad de que estas conductas lo lleven a tener repercusiones que dañen su futuro son mínimas, mientras que si se trata de un joven de clase baja es más probable que termine expulsado de la escuela o incluso enfrentando cargos legales. Dicho de otra forma, los mismos rasgos psicológicos pueden hacer que un joven se convierta en CEO de su propia compañía o que termine en prisión, dependiendo de si nació rico o pobre (aquí).

La educación es idealmente el gran motor de la movilidad social, ¿no? Pero resulta que las condiciones iniciales también marcan grandes diferencias en los resultados finales. Obviamente, el dinero permite el acceso a mejores escuelas, así como a actividades extracurriculares que estimulan las capacidades cognitivas y amplían los conocimientos de los chicos. Eso no es todo: datos estadísticos demuestran que ni los hijos de los ricos que lo hacen muy mal en la escuela ni los hijos de los pobres que lo hacen muy bien tenderán a descender o escalar en la pirámide social. Los niños ricos, incluso si reprueban o son expulsados de la escuela, no requieren de un diploma para heredar la fortuna familiar o encargarse del negocio de papá. Los niños pobres, incluso si tienen excelentes calificaciones, tenderán a permanecer en barrios desfavorecidos, lejos de oportunidades para crecer (aquí).

Además, si admitimos (for argument’s sake) que un emprendedor merece ganar más que un empleado porque sus contribuciones a la sociedad han sido mayores, cabe cuestionar si está justificado que esa diferencia de riquezas sea tan abismal como en el mundo actual, en que 62 individuos tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población (aquí). Y aún si admitiéramos que las personas de talento extraordinario merecen riqueza extraordinaria, ¿qué clase de moral implicaría aceptar que hay personas tan poco valiosas que merecen vivir en la miseria?



El éxito de grandes compañías no proviene solamente del esfuerzo y talento de sus fundadores, ni de que ofrezca los mejores productos o servicios a los mejores precios, sino del aprovechamiento de situaciones no creadas por ellos, de subsidios y concesiones gubernamentales obtenidas mediante cabildeo, de la ausencia de competencia, del efecto de red, de la presencia de mano de obra barata, de la capacidad para explotar el talento de subordinados cuyas creaciones pasan a ser propiedad intelectual de los dueños de la empresa, o de la existencia de recursos naturales valiosos que sólo están ahí esperando a ser extraídos. Quizá Steve Jobs merecía ser rico, pero no merecía ser extremadamente rico (aquí).

Si el mundo fuera perfectamente meritocrático, una persona sería recompensada proporcionalmente según su desempeño, ¿no es así? Como en la escuela, en donde (idealmente) quien se esfuerza más saca 10, quien tiene un desempeño bueno saca 8, quien hace un trabajo mediocre saca 7 y así por el estilo. Pero en realidad no existen oportunidades iguales para todos y sí muchos casos en los que “el ganador se lleva todo”. Podríamos pensar en las becas de excelencia académica. Supongamos que hay 10 becas disponibles para los 10 alumnos con mejores promedios de una preparatoria pública. ¿Qué pasa con el número 11? Digamos que su promedio es el 90% del que tiene el primer lugar. ¿Obtiene una beca equivalente a un 90% de la de aquél? No, simplemente se queda con nada.

A veces me acuerdo de aquella película, La búsqueda de felicidad, con Will Smith, una de las favoritas de los que dicen “si se quiere se puede”. En esta historia de la vida real el personaje de Smith pasa por muchas penurias en busca de un trabajo que le permita mantener a su pequeño hijo. Para obtener un codiciado puesto en una gran empresa, tiene que aceptar trabajar gratuitamente por algún tiempo, compitiendo contra otros candidatos hasta demostrar que él es el indicado para el empleo. Al final lo logra, por supuesto. Pero, dejando de lado que la empresa se aprovechó del trabajo gratuito de todos los candidatos por unos medes, pensemos por un momento, ¿qué habría pasado si el personaje de Smith hubiera sido sólo el segundo mejor candidato? ¿Habría recibido una recompensa proporcional? No, se habría quedado en la calle de nuevo.

Quienes celebran a la gente de gente que alcanza el éxito a pesar de sus orígenes modestos ignoran varios puntos. Revisando las historias de aquellas personas encontramos no sólo pruebas de gran talento y tesón, sino muchos golpes de suerte (el estar en el lugar correcto en el momento adecuado) y muestras de apoyo dado por diversas personas (tener contactos en los sitios convenientes ayuda mucho). Son historias extraordinarias de personas extraordinarias y tomarlas como “prueba” de que cualquiera puede ser rico, es como decir que cualquier pastor de yeguas puede llegar a ser Ghengis Khan.



Asumir que, dejada a las fuerzas inescrutables del mercado, la vida será justa, no es más que una superstición secular, una versión moderna y apenas más sofisticada de la rancia creencia en el Karma o en el derecho divino de los reyes, y como tales, una justificación insostenible de un orden social que condena a la frustración a la inmensa mayoría, y que crea una casta privilegiada que se cree superior a los demás.

¿Recuerdan cómo caer en la falacia del mundo justo reduce la empatía hacia los menos afortunados? (Hay más de ello aquí y aquí) Esto se expresa a la N potencia en el caso de los ricos, acostumbrados a creer que merecen su fortuna porque son mejores que los que tienen menos. De hecho, estudios psicológicos señalan que los más ricos tienden a tener actitudes narcisistas y más abusivas y prepotentes contra los demás (aquí), a la vez que son menos generosos y empáticos, e indiferentes hacia las necesidades de otras personas, bajo lo que subyace el hecho de que les atribuyen menos valor (aquí).

Esto no se trata de negar que para tener éxito económico en una sociedad capitalista no tengan nada que ver el talento y el esfuerzo. Siempre será mejor trabajar arduamente que no hacerlo. Quizá la mayoría esté de acuerdo con que una persona que se desempeña eficazmente en un trabajo que implica grandes responsabilidades y para el que se requieren talentos y habilidades especiales merece una gran recompensa. El asunto es, ¿qué tan grande? En un mundo en el que se ha visto que es más fácil prescindir de banqueros que de recogedores de basura, ¿cómo establecemos cuánta es la verdadera contribución de cada quien a la sociedad? Se trata aquí de una nueva presentación de la vieja fórmula “lo justo es que cada quien reciba lo que merece”. De acuerdo, pero ¿cómo determinamos lo que cada quien merece? Porque lo que hemos estado haciendo ha sido pensar a la inversa: vemos quién recibe más y luego racionalizamos justificaciones para explicar por qué lo merece.

Lo que quiero señalar es que existen otros factores, ajenos a la virtud y la voluntad individual, que intervienen en el juego de la vida, muchas veces de forma determinante. Tampoco se trata de que no procuremos ser meritocráticos, sino de tener consciencia de que por más que lo intentemos la meritocracia no puede ser perfecta, sino que requiere de constante vigilancia y reflexión, de esfuerzos conscientes y deliberados, de ensayos y errores para hacerla funcionar, sin depender de la confianza ciega en algún principio metafísico que hará justicia si todo se deja a “leyes naturales”.

La justicia no es inherente a la naturaleza o al universo. Es un concepto humano y existe tan sólo en nuestra voluntad, en nuestros actos en las relaciones de los unos con los otros, ya sea en la forma en que tratamos a nuestros semejantes o en la sociedad que construimos día con día. 

FIN



PD: Como reflexión final, chequen este cómic.

viernes, 10 de febrero de 2017

La falacia del mundo justo, Parte I



Parte I: De cómo al universo le importas un comino

Los buenos ganan. Los malos pierden. Tarde o temprano, pero al final cada quien cosecha lo que siembra, cada quien obtiene lo que merece. Diferentes doctrinas sostienen esta idea. Por ejemplo, el Karma nos dice que recibimos lo que merecemos según nuestra conducta hacia los demás, mientras que la Ley de la Atracción asegura que modificamos la realidad con nuestro pensamiento, para bien o para mal. Paulo Coelho, por su parte, asegura que cuando deseas algo de verdad el universo entero conspira para que lo obtengas. O, como dicen las abuelitas, Dios castiga sin piedras ni palos. Muchas religiones prometen recompensas y castigos, pero en la otra vida. Como sea, el punto es éste: lo bueno y lo malo que te pase depende totalmente de ti.

 O por lo menos así quisiéramos que fuera el mundo. Pero ¿lo es? Noup, no lo es. Sucede que estamos afectados por un sesgo cognitivo, una falla psicológic común a todos los seres humanos, que se denomina falacia del mundo justo (aquí, aquí y aquí). Nos gusta pensar que la vida es esencialmente justa y que lo que sucede a las demás personas es precisamente lo que merecen. ¿Por qué? Porque es un pensamiento muy reconfortante.

Cuando vemos que a alguien le va mal, dictaminar que seguro lo merecía porque “algo hizo”, “lo provocó” o “lo andaba buscando”, nos da una sensación de seguridad: si nosotros hacemos lo correcto, no nos va a pasar aquello. Además, nos permite contemplar nuestra propia buena fortuna y pensar que nos la hemos ganado: si estamos bien, es porque somos más buenos, más esforzados o más listos que los demás. Finalmente, en un mundo en el que hay tanta violencia y prevaricación, tanto abuso y malevolencia, nos da la esperanza de que algún día, en esta vida o en la otra, el mal será castigado y el bien será recompensado.

Tomemos el caso del Karma, por ejemplo. A lo largo de una vida los seres humanos haremos cosas buenas y malas y nos sucederán cosas buenas y malas. Una buena parte de lo que nos sucede será consecuencia directa o indirecta de nuestras acciones, pero otra buena parte será resultado del azar. Si somos de los que creen en el Karma, además de la falacia del mundo justo, otros sesgos inherentes a nuestras psiques nos harán reafirmar esta creencia. Nuestra propensión a ver patrones en todas partes, incluso donde no los hay, nos hará pensar que lo bueno que pasa es consecuencia de lo bueno que hacemos, aunque no haya una conexión directa entre dos sucesos o estén muy separados por el tiempo. Por ejemplo, ayudar a una persona necesitada y semanas más tarde encontrar un billete de 500 pesotes en la calle no están relacionados de manera alguna. Nuestro sesgo de confirmación y nuestro afán por generalizar nuestra propia experiencia y creer que es ley universal nos llevarán a hacer énfasis en las veces que la vida pareció hacer justicia, e ignorar las muchísimas veces en las que  simplemente no pasa nada.



Esto no niega que existan causas y consecuencias, o que tomar buenas decisiones por lo general tenga buenos resultados. Si pongo la mano en el fuego, me quemo. Si tenemos buenos hábitos es más probable que tengamos una buena salud y una vida larga. Pero aún así es posible que intervenga el azar. Puede suceder que algo ajeno a nuestra voluntad arruine nuestros planes: quizá heredamos malos genes o seremos víctimas de un accidente. Y a final de cuentas, el mismo azar puede hacer que una persona que no se cuidó tanto termine viviendo más y mejor que nosotros. Lo que quiero decir que mucho en la vida es completamente aleatorio y no depende de nuestros méritos o nuestras culpas.

Además tendemos a confundir la prudencia con la ética. Las acciones imprudentes (manejar después de haber bebido alcohol, fastidiar a un perro, comer comida chatarra, andar por barrios peligrosos) pueden tener consecuencias negativas, y las acciones prudentes tienden a evitarlas. Pero eso no quiere decir que una persona merezca, en un sentido ético, que algo malo le pase por haber cometido un error o tomado una decisión equivocada. Por ejemplo, una persona puede olvidar poner seguro a su auto, y más tarde encontrar que le han robado todo lo que llevaba dentro. Sí, una cosa es consecuencia de la otra, ¿pero podríamos decir que merecía perder sus bienes?

La justicia es un concepto ético y la ética es una creación enteramente humana. Existe de forma exclusiva en la mente humana y en las relaciones entre seres humanos. No existe por sí misma en la naturaleza, la vida o el universo, sino que depende por completo de lo que nosotros consideramos justo, según nuestras inclinaciones naturales, moldeadas por las culturas en las que fuimos criados.[1]

Las causas y consecuencias a las que hemos aludido se dan en las esferas de lo físico (como el socorrido ejemplo de la pelota que rebota en la pared) o de lo biológico (como la relación entre hábitos y salud). Pueden darse también la esfera de lo social y psicológico, que es donde existe la ética. Si tratamos mal a una persona, ésta o sus seres queridos, o incluso alguien externo, podría querer castigarnos por ello. Si somos percibidos como personas deshonestas, podríamos recibir rechazo social por parte de nuestra comunidad. Pero también puede ser que la víctima de una injusticia no tenga la fuerza para defenderse ni tenga quien la socorra, y que su victimario quede impune de por vida. Y puede ser que el patán deshonesto cuente con la admiración y respaldo de la comunidad, que lo encumbre en vez de segregarlo. La justicia depende completamente de que los seres humanos tengan el conocimiento, la voluntad y la facultad para ejercerla.

Por ello resulta absurdo esperar que algo que algo ajeno a la voluntad humana imparta recompensas y castigos; que alguna fuerza cósmica se encargue de provocarle una enfermedad a una persona malvada, o de hacer funcionar el automóvil de una buena persona.

Es difícil refutar las creencias en la justicia intrínseca del mundo. Podemos señalar a los miles que sufren o han sufrido horrores inexplicables (como las víctimas de un desastre natural o de una dictadura genocida). Podemos señalar a los tiranos y criminales que murieron encumbrados en el poder, tranquilos en sus camas, sin pagar ni un poquito por sus actos malvados. Podemos enfatizar una y otra vez que, contrario a lo que dicen los esotéricos, la física cuántica no dice que la realidad pueda cambiarse con el pensamiento; que las ideas no son energía que como microondas se extienden hacia afuera del cráneo y alteran el entorno material; en fin, que no existe ningún mecanismo detectable por el cual los pensamientos o los deseos puedan tener efecto en el mundo físico.

Sobra aclarar que Einstein nunca dijo esto.


Pero sus defensores siempre salen con explicaciones ad hoc, justificaciones convenientes que por su misma naturaleza no pueden ponerse a prueba: quizá es que una persona no deseó con suficiente fuerza sus objetivos o se concentró más en su miedo a no lograrlos y por eso le fue mal; a lo mejor el tirano pagará sus crímenes en la otra vida; no sabemos si las víctimas del Holocausto habían sido personas malvadas en la vida anterior… Y así y así.

El problema con la creencia en que el mundo es justo no es sólo que es falsa e insostenible, sino que es muy peligrosa. Primero, porque al dejar la tarea de hacer justicia al Karma, al universo o a los dioses del inframundo, renunciamos a corregir las injusticias de este mundo. De hecho, muchas de estas creencias surgieron precisamente para justificar regímenes injustos. El Karma, que muchos occidentales despistados consideran el colmo de lo espiritual, nació en la India como justificación de un atroz sistema de castas: naciste en una casta inferior porque fuiste malo en tu vida anterior, pero si eres bueno ahora, en la siguiente podrás tener una mejor vida. En las monarquías absolutistas se decía que era voluntad de Dios que el rey tuviera todo el poder y que el siervo fuera pobre, y que si el rey era impío Dios lo juzgaría después de la muerte, pero que el siervo no tenía derecho a rebelarse contra él.

Segundo, porque adormece una de las cualidades más humanas que tenemos: la capacidad de sentir empatía. Si al ver a una persona en desgracia pensamos “algo habrá hecho para merecerlo”, renunciamos a sentir empatía por ella. Ésta es la idea detrás de “la violaron porque provocó” o “los mataron porque andaban de revoltosos”. Incluso se extiende hacia los problemas de salud, con esa gente que dice cosas como que el cáncer le da quienes no expresan bien sus emociones: hasta los pacientes de las más terribles enfermedades son los únicos responsables de lo que les pasa. El mecanismo psicológico nos protege de la ansiedad al hacernos pensar que no nos pasará lo mismo porque nosotros sí hacemos lo que es se debe y evitamos lo que no. Pero esta reconfortante idea nos hace evadirnos de nuestra responsabilidad moral hacia quienes necesitan ayuda y terminamos culpándolos de sus propias desgracias.

El universo no es justo. Tampoco es injusto. El universo es vasto, frío e indiferente. Pero los seres humanos podemos ser justos, podemos trabajar por la justicia, podemos combatir la injusticia. El hecho de que gran parte de lo que sucede depende del azar y fuerzas ajenas a nuestra voluntad tampoco es razón para dejar de intentarlo. Cuando renunciamos a ello, somos nosotros quienes se vuelven fríos e indiferentes.



No todas las formas en las que se manifiesta la falacia del mundo justo son tan obviamente supersticiosas. Existe una forma muy insidiosa que sostiene que las recompensas se reparten no según la acción de fuerzas sobrenaturales, sino de ciertas leyes inherentes a la naturaleza. Pero ése es el tema de la siguiente entrada.





[1] Hemos visto, por ejemplo, que otros monos se indignan cuando a sus congéneres se les da una mayor recompensa por un mismo trabajo. Así que parece ser que naturalmente tenemos una inclinación a considerar la equidad como algo justo. Las concepciones de lo bueno y lo malo varían vastamente de una cultura a otra, pero en todas se observa el principio de que las buenas acciones merecen recompensa y las malas merecen un castigo, y que el no hacerlo constituye en sí una injusticia (aquí y aquí).

viernes, 3 de febrero de 2017

Trump vs México: no es un conflicto entre naciones



Publicado originalmente en Voz Abierta

Un extraño enemigo

Los ataques de Trump contra México iniciaron mucho antes de que anunciara sus planes para competir por la presidencia de los Estados Unidos. Cuando nuestro paisano Alejandro González Iñárritu ganó su primer Oscar por Birdman en 2015, el hombre de las manos pequeñas refunfuñó que él no hacía tratos con México. Apenas inició su precampaña nuestro país fue el blanco de insultos, como cuando llamó a nuestros compatriotas violadores y asesinos. Y claro, como buen demagogo que es, ha usado el miedo al extranjero como plataforma desde un inicio, siendo la construcción del muro fronterizo uno de sus promesas más populares (sin importar lo dañino y absurdo de la misma). Ahora que Trump es presidente y ha firmado la orden para construir el mentado muro, y además querer intimidarnos para pagarlo, muchos mexicanos, con toda razón, se sienten indignados.

Pero ojo, que esta indignación no nos obnubile. Éste no es un conflicto entre naciones y no se resuelve con despliegues de patrioterismo visceral. Éste es un conflicto entre dos visiones del mundo, entre dos sistemas de valores opuestos. En la visión de Trump y su gente todo aquel que es diferente constituye una amenaza y los problemas se resuelven con “mano dura”, mediante la intimidación y la agresividad. Sus valores son racistas, xenófobos, sexistas, homófobos, chauvinistas, autoritarios y antiintelectuales. A ellos es imperativo oponer los ideales de la cooperación y el diálogo entre culturas, la democracia y la tolerancia, la ilustración y la racionalidad, el aprecio por la diversidad, la equidad y la decencia básica, y una defensa intransigente de la dignidad y los derechos humanos.

México no ha sido la única víctima de Trump. Lo han sido también las mujeres, a quienes está determinado a quitarles el derecho a decidir sobre sus cuerpos; los musulmanes, a quienes pretende impedir la entrada al país; los científicos, a los que quiere amordazar para que no hablen del cambio climático; los artistas, a quienes pretende quitar los fondos gubernamentales; en general cualquier persona que no se alinee con sus políticas, pues ya está purgando las instituciones gubernamentales y poniendo a sus leales en puestos estratégicos; y no me parece aventurado pronosticar que pronto otros grupos minoritarios (afroamericanos, pueblos indígenas, personas LGBTQ) serán victimizadas por su gobierno.



Que quede claro, Trump es un egomaniaco ignorante y psicológicamente inestable, rodeado de fanáticos oscurantistas y protonazis, que además está inspirando y envalentonando a los blancos supremacistas y fascistoides en todo el mundo. Representa un peligro global, no sólo para México. Nuestro pleito puede ser con el gobierno de Trump y sus esbirros, pero no con el  pueblo estadounidense, no con “los gringos”, como siempre decimos. Los ciudadanos estadounidenses que oponen resistencia a Trump se han manifestado también contra su racismo antihispano y sus planes para construir el muro. Han expresado solidaridad con los mexicanos, de la misma forma en la que lo han hecho con los migrantes musulmanes y se han sumado a las luchas de las mujeres y los científicos.

Sin embargo, en México no hemos dado muestras de solidaridad con los otros grupos victimizados por Trump. El gobierno mexicano ha dicho que no pagará el muro (¡Faltaba más! ¡Debería protestar contra su misma construcción, aunque la pagara Trump de su bolsillo!), pero no ha dicho “esta boca es mía” sobre el decreto antiinmigratorio, mientras otros gobiernos han declarado su rechazo a ambas cosas, mientras los mismos estadounidenses protestan con el lema “No Ban, No Wall”.

Me da la impresión de que si no fuera porque el Hitler anarajando ha insultado específicamente a los mexicanos, a muchos de nuestros compatriotas les caería bien. De hecho, algunos hasta justifican las declaraciones racistas del magnate porque “la neta los mexicanos sí somos bien ratas y desmadrosos”. La visión del mundo de la que Trump es abanderado está muy presente en nuestro país: en el racismo hacia los pueblos indígenas, la xenofobia contra los migrantes centroamericanos, el fundamentalismo religioso, la misoginia, el desprecio hacia los derechos humanos, y en la creencia de que lo que se necesita es un hombre fuerte con mano dura que haga lo que hace falta… De poco sirve oponerse a la ideología de Trump cuando nosotros somos la víctima, si permitimos que esa misma ideología victimice a muchas otras personas dentro y fuera de nuestras fronteras.

¿Adiós Starbucks?



Nos vemos afectados por una ceguera que se manifiesta de dos formas. Una es la de pensar que el asunto es un pleito entre México y los Estados Unidos, al que hay que responder con un patrioterismo análogo. “Si los gringos le dan la espalda al mundo nosotros hacemos lo mismo”. De ahí los llamados a boicotear a todas las empresas gringas y consumir local.

Apoyar a las empresas mexicanas y locales es en general un buen consejo, como lo es voltear a ver hacia nuestros vecinos de América Latina para no depender tanto de los Estados Unidos. Pero entiendan esto: la construcción de un mercado interno fuerte o de un área de libre comercio que abarque a los países latinoamericanos no se va a dar de un día para otro. Es una solución a largo plazo que no desparece el peligro que implica una guerra comercial con Estados Unidos.

Como parte del llamado a consumir local y apoyar lo nuestro, me invitaron a preferir cierta cadena de cafeterías yucatecas. Pero yo sé que ésta, propiedad de una familia adinerada y conservadora, manifestó, a través de mantas colgadas en sus locales, su apoyo a “la familia tradicional” y en contra de los derechos de las personas LGBTQ. Pues que se jodan. No voy a apoyarlos sólo porque son locales, cuando representan el mismo tipo de nefastos antivalores que Trump. Por otro lado, algunas empresas estadounidenses (Google, Amazon, Budweiser y Starbucks, a la que algunos mexicanos quieren boicotear sin pensarlo mucho) han manifestado su rechazo al bravucón.

Hay buenas razones por las que podríamos boicotear empresas, extranjeras o nacionales, si sus acciones nos parecen poco éticas (si dañan al medio ambiente, si explotan a sus trabajadores, si corrompen a los gobiernos, etc.), pero el país de origen de dichas empresas no es muy buen criterio. Si de lo que se trata es de oponernos a Trump, hay que asegurarnos de que las empresas a las que vamos a boicotear sean de las que apoyan a ese imbécil, y no solamente fijarnos en si son gringas o no (que además muchas son franquicias de origen extranjero, pero de dueños mexicanos, con empleados mexicanos y que usan materias primas mexicanas). Aquí hay una lista de algunas corporaciones que hacen negocios con Trump, a las que el movimiento de resistencia en Estados Unidos ya está boicoteando. Y no olvidemos otras como Uber, GE, IBM y las empresas de Elon Musk, cuyos funcionarios están trabajando directa o indirectamente con el régimen trumpetero.

¿Estamos unidos, mexicanos?



Ahora se maneja un discurso de unidad nacional en contra de los abusos de Trump. Eso está bien, siempre y cuando esa unidad no pretenda ser homogeneidad ni una lealtad incondicional con el gobierno de Peña Nieto. Si la presidencia se mantiene firme en la defensa de nuestros derechos frente al tirano con tupé, en cuanto a ello debemos estar unidos. Pero esto no implica suspender nuestras críticas y cuestionamientos a un gobierno que ha sido bastante criticable y cuestionable. En el momento en el que Peña doble la rodilla debe dejar de contar con nuestro apoyo. Un gobierno que no defiende a su pueblo de los abusos de un tirano extranjero no puede ser legítimo.

Cuando Trump se puso en plan de “si no vas a pagar el muro, ni vengas”, Peña Nieto hizo bien al cancelar la visita. Pero eso era lo mínimo que demandaba la dignidad, y no por ello debemos olvidar las indignidades que la administración peñista ha cometido. No olvidemos, para empezar, que invitó a Trump a México cuando éste era candidato y que ello sirvió para posicionar al millonario como un estadista presidenciable a los ojos del electorado gringo; o sea, Peña ayudó a Trump a llegar a la Casa Blanca.

Dicho esto, tampoco hay que caer en una segunda forma ceguera, diametralmente opuesta. No ha faltado quien acuse que los escándalos de Trump son sólo distracciones para olvidar los problemas del país. No, señores, Trump representa un peligro muy real para México. Sus acciones disparatadas pueden afectar gravemente nuestra economía, pero además no podemos descartar una intervención militar (porque Trump mismo no la descarta). Quienes dicen que no hay que hacer caso de lo que pasa en Estados Unidos sino recordar la lucha contra el gobierno corrupto en México plantean una falacia de falso dilema. En realidad debemos estar atentos tanto a nuestros problemas internos (¡que no son pocos!) y a lo que está pasando en el país más poderoso del mundo, bajo cuya sombra vivimos.


Con el Hitler yanqui, que quiere hacer de nuestro país su Polonia, nadie puede darse el lujo de adoptar una política de apaciguamento, o de enfrentarlo sólo cuando nos afecta directamente e ignorarlo cuando los golpes le tocan a alguien más. No es digno, ni va salir bien, tolerar que abuse de otros con la esperanza de que si no me meto me va a dejar en paz a mí. Tarde o temprano nos va a tocar a todos, de una forma u otra, y sólo unidos podemos combatirlo. Si todos los que estamos siendo amenazados por Trump no oponemos una resistencia enérgica desde ahora tendremos que hacerlo por separado, uno por uno, conforme llegue nuestro turno.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails